martes, 31 de agosto de 2010

SUMMA - Cuento con marco histórico

Summa
Rodolfo Acosta Castro

Durante la marcha del primer contingente dirigido hacia el Alto Perú, para consolidar el triunfo de la Revolución del 25 de Mayo, por la Junta de Gobierno y después de nuestro triunfo en Suipacha, mi sección de infantería encargada de garantizar la seguridad de la tropa, buscó de inmediato incorporarnos a la columna principal en expedición, pero nos sorprendió la noche y tuvimos que acampar en un sitio escogido por Achacu, ratón en español, como se llamaba nuestro eventual guía. Después de comer una ración seca, consistente en carne, papas y ocas secas, provistas por nuestro nuevo compañero, sostuvimos la siguiente conversación:

―Yo soy aymara ¿qué sois vosotros?―, preguntó encontrándonos completamente desprevenidos. Felizmente, gracias a la educación y conocimientos que mi padre compartió conmigo, pude salir del aprieto, recordando que nuestro gentilicio debía estar relacionado con el lugar donde nacimos. Entonces, pude responder:

―Nosotros somos rioplatenses, venimos del Río de la Plata y vamos a liberar de los españoles a nuestros hermanos del Alto Perú, que también son rioplatenses, yo me llamo Estanislao Pedro, pero puedes decirme Perico―, añadí para entrar en confianza. Mi frase: liberar de los españoles, me pareció llamar la atención del guía, por lo que de inmediato dijo:

―Me alegra oíros decir que liberareis a vuestros hermanos de los españoles, yo iré con vosotros hasta el fin del mundo, para liberar también a los aymaras de los cerdos cachupines ―, afirmó con alegría inusitada.

Después no cesó de hablar, contando muchas cosas, entre ellas que él hablaba aymara, quechua y castellano; aymara porque era su lengua nativa, quechua porque el Inca Huayna Cápac había incorporado al pueblo aymara al Tahuantinsuyo, cuya lengua era el quechua y castellano, porque los maditos españoles habían conquistado a su pueblo con enorme derramamiento de sangre y fuego de sus arcabuces. Yo pregunté, recordando nuestra frugal pitanza:

―¿Cómo secan la carne, papas y ocas? ¿Cuánto tiempo se pueden conservar?―, él respondió con una sonrisa en los labios:

―La carne es de llama que salamos y guardamos en habitaciones oscuras; a las papas secas les llamamos chuño y también tunta, hundimos las papas y las ocas en las corrientes de agua fría, próxima a congelarse, durante tiempo determinado. El chuño, la tunta y la oca tienen duración indefinida, están cocidas al frío―, dijo para luego preguntar―. ¿Os gustó nuestra comida?―. Mi respuesta fue afirmativamente agradecida.

―Yo igual que todos los aymaras e incas, odiamos a los españoles; porque además de ladrones son despiadados. Nuestros pueblos fueron trataron con cruel salvajismo, indigno de seres humanos. Como ejemplo de lo que os digo, os contaré la historia de un hombre que se llamaba Summa, bueno en castellano. ¿Queréis oírla?―, los cinco rioplatenses dijimos que sí.

Todos nos sentamos alrededor de la fogata que el aymara encendió fácilmente y le escuchamos lo siguiente:

Summa no recibía noticias. Si las hubiera tenido se habría enterado que casualmente habían hallado ricos filones de plata en un cerro del remoto altiplano. Los invasores hispanos, ávidos de riqueza, necesitaban brazos para extraerla. Después de la conquista, la corona española había dispuesto la encomienda y la mita para que los indígenas sojuzgados realicen toda clase de trabajo obligatorio y pesado.

Summa vivía en una pequeña casa, construida con el más puro estilo aymara, en un amplio valle bordeado de bajas colinas del inmenso territorio donde terminaba la jurisdicción aymara, cerca del caserío Kalamarca, o tierra con piedras, por el que corría el río Abrapampa Jawira, río en plano rodeado de colinas. Estaba apartado de todo camino, casi oculto entre altos arbustos que apenas dejaban entrever el cerco que rodeaba la vivienda techada y el corral descubierto. Summa era hijo único de una pareja de ancianos dedicados a sembrar papas, ocas y habas, criar llamas y pescar humantos y karachis algunas veces. Estos peces deben tener otros nombres en castellano.

Summa se sentía dueño y señor en aquellas tierras. Había nacido allí y pasado toda su existencia. Él era hermoso, tanto como el idílico sitio que habitaba a orillas del Abrapampa Jawira. Es cierto que, en parajes poco cercanos, vivían otras familias con mozos y mozas de su edad, pero él era el más apuesto y, por supuesto, el más engreído. No era hombre de estar en casa, en los sembradíos ni sitios de pastoreo. Toda la tierra era suya. Realizaba largas caminatas, diurnas y nocturnas, tocando animadamente la quena, como recuerdo de la cultura de sus padres, que siempre llevaba consigo. Entre los otros mozos de la comarca se movía con majestuoso desdén, ignorando a las mozas que no ocultaban admiración al verle; pues, se creía amo de cuanto caminara, volara o se arrastrara, incluidos sus alejados vecinos. Era hábil cazador de viscachas, curioso roedor, de una clase de cruce entre conejo y ardilla, y certero hondeador de lekelekes ave parecida al águila, pero de menor tamaño. Las periódicas visitas a Abrapampa Jawira, que corría cerca del solar paterno, le habían endurecido los músculos. La afición a sumergirse en sus aguas, para atrapar peces, era a la vez tónico y manera de conservar la salud y aguzar los sentidos.

Mamani, cóndor, padre de Summa, conservaba aire de la apostura de sus años juveniles, mientras que su madre Pankara, flor, reflejaba el ejercicio del largo trajinar de pastora. De ellos heredó su porte magnífico y sutil destreza. Ambos sentían cariño y orgullo por el hijo que, por su aislamiento, se consideraba el centro del universo. En sus veinte años había sido mimado por sus padres, crecido fuerte, esbelto, tornado arrogante y hasta egoísta. Sus efímeros vecinos criticaban su comportamiento y envidiaban la contextura de su cuerpo.

Sus abuelos habían llegado a las tierras cercanas a la extensa pampa, tierra plana en castellano, cuando los tiahuanacotas, asentados principalmente a orillas del Lago Titicaca, se esparcían por todo lado, para recolectar conocimiento sobre la sabiduría humana, los elementos medicinales y las maneras de prever el futuro, llevando sus propios logros a fin de inculcarlos en otras culturas, para ellos fraternas. Los aymaras de esa época de grandeza cultural y política, sólo invadían a sus vecinos en forma pacífica, de la misma manera fueron invadidos por los quechuas del Tahuantinsuyo, para formar el Kollasuyo una de las cuatro partes principales del imperio.

En el Imperio Inca, sucesor al tiahuanacota, se concebía al mundo compuesto por tres aspectos o planos, en una representación del cosmos y utilizando tres palabras: Uku Pacha (mundo de abajo o mundo de los muertos), Kay Pacha (mundo del presente) y Hanan Pacha (mundo de arriba, celestial o supraterrenal), a los que Summa invocó humildemente para que le prestasen la ayuda que nunca tuvo. Le pareció que las deidades del imperio destruido por la llegada de los españoles, había olvidado a sus creyentes.

La furiosa arremetida de los conquistadores no había llegado a esta familia; aunque, padres e hijo sabían de atrocidades cometidas, en otros lugares, por esos kharas desalmados de piel blanca.

Así era Summa, cuando el hallazgo de mucha plata arrastró a hombres de todo el mundo hacia el frío altiplano, mucho más al norte de la tierra de esta familia aymara. Pero el joven no imaginaba la aventura del noble metal ni sabía que Ñhojo, desgarbado, otro joven escuálido, pequeño y débil, le odiaba ciegamente, porque le tenía envidia. Ñhojo era además codicioso e inescrupuloso.

Los padres visitaban a unos parientes y Summa planeaba una excursión a la confluencia del Abrapampa Jahuira con otro río mayor. Nadie podía imaginarse que Ñhojo había informado a un español, cazador de hombres para las minas sobre Summa, su fortaleza de cuerpo e innata sagacidad. Sólo una khurukhuta, paloma, solitaria vio a Ñhojo llevar a Summa fuera de su casa para escudriñar unas presuntas viscachautanaca, cuevas de viscachas. No era posible sospechar que Ñhojo había pactado con el extranjero entregar a Summa, ni que por tal vil acción recibir una prenda de vestir roída por tiempo y uso. Rodrigo, el secuestrador de hombres, necesitaba jóvenes vigorosos para las duras faenas dentro de las minas de Potosí.

Cuando Summa se percató de la alevosa traición, era demasiado tarde. A una orden de Rodrigo varios españoles atacaron al muchacho. Sin embargo, reaccionó distribuyendo manotazos y patadas a diestra y siniestra. Súbitamente, sus fuertes músculos, desatados por la furia del engaño, se lanzaron contra el jefe de sus captores. En pleno salto, cuando sus manos iban a oprimir el cuello del hombre, Summa sufrió un golpe que le detuvo bruscamente. Sus mandíbulas se apretaron en dolorosa colisión. Giró su cuerpo sobre sí mismo y cayó de espaldas. Con un grito que era a la vez gemido y llanto, volvió al ataque pero un nuevo y demoledor garrotazo le abatió a tierra. Muchas veces cargó contra los hombres y otras tantas el garrote contuvo el ataque y lo derribó. Entonces comprendió que el origen de su dolor era la tosca arma, aunque su ira ya no tenía límites. Su enérgica defensa no dio resultado ante la superioridad del número de atacantes. Pasaron una gruesa cuerda por el cuello de la víctima, dejándole sin aliento. Fue reducido y maniatado después de inútil forcejeo.

Después de un golpe brutal, Summa pudo incorporarse a duras penas, demasiado aturdido para reiniciar el ataque. Avanzó poco y tambaleando, con el cuerpo ensangrentado, lanzó terrible rugido y se abalanzó sobre uno de sus atacantes. Pero otro de los hombres asió la cuerda que aprisionaba al joven y la sacudió con tanta fuerza que le hizo describir un círculo en el aire, antes de dar la cabeza en el suelo. Intentó atacar por última vez, pero el hombre del garrote descargó el golpe que, astutamente, tenía reservado: un fuerte garrotazo en la cara. Todo el dolor, hasta entonces sentido, fue nada comparado con la agonía que le ocasionó ese feroz ataque. Por fin Summa quedó en el suelo estirado y sin sentido.

Pasado un momento, el muchacho empezó poco a poco a recobrar lucidez, aunque no fuerza. Desde el suelo contempló la satisfecha expresión del inhumano español que le había abatido.

Ñhojo, silencioso testigo de la brutal agresión que había provocado, dijo amedrentado:

―Se llama Summa―, pero a nadie le interesaba el nombre de la presa.

El aludido recién comprendió que había perdido. Sabía ahora que no tenía defensa ante el invasor armado. El garrote revelaba su presentación en la nueva época: coloniaje y pérdida de libertad de los pueblos de aymara. Lo que debían sufrir sus hermanos de raza le había salido al encuentro. Entendió la lección: el hispano con su garrote era la ley, el brutal amo al que se debía obedecer.

Cuando recuperó el sentido, estaba todavía con la soga en el cuello, pero con las manos atadas. Al darse cuenta los extranjeros que su víctima se recobraba, le jalaron de la soga hasta poner de pie, luego a latigazos le obligaron a caminar, sin saber él, dónde le llevaban. Sin estar plenamente conciente marchó larga distancia, azuzado por sus captores. Sólo la luna iluminaba los sitios donde se detenían, siempre a la fuerza les obligaban a sentarse en el suelo, al lado de unos bultos que no eran otra cosa que hombres, en las mismas condiciones que las suyas. Pasaron varios días sin recibir alimento, con todo el cuerpo cubierto de sangre reseca, días vio Summa llegar otros aymaras, generalmente jóvenes, siempre con las manos atadas y la soga al cuello, unos caminando dóciles y otros gruñendo y gritando como él había hecho. Los que resistían fueron sometidos de igual manera, por los mismos hombres, antes de ser transferidos a otro dueño. La operación se realizó sin ceremonia alguna: parecía una venta de ganado.

Cuando se reunieron algo más de cien prisioneros, formaron columnas de hasta diez cautivos encadenados. Maltrechos y hambrientos fueron conducidos hacia el Norte. Con mucha tristeza Summa dejó de ver aquellos parajes donde había nacido, crecido y creía ser amo y señor.

En penosas y largas caminatas, la maltrecha caravana, sufría diariamente los rayos del sol y los látigos del viento. Por la noche cuando los secuestrados descansaban, después de comer papa hervida y beber agua, el rigor del altiplano escarnecía a los prisioneros. Summa pronto advirtió que hacía cada vez más frío y muchas veces el agua y tierra saladas quemaban sus pies des-calzos. Lluvias persistentes les acompañaron en largos trechos. También cruzaron cerros cubiertos de nieve.

Para Summa la noción del tiempo transcurrido, desde su captura, ya no era perceptible. La fatiga y escaso alimento no permitían saber cuántos días y noches duró la larga travesía. Finalmente llegaron a un sitio para nuevamente cambiar de dueño. Allí permanecieron más tiempo del acostumbrado y se les proporcionó mayor cantidad de comida, con la intención de que presentaran mejor aspecto ante sus compradores. El negociante de hombres ofertaba su mercancía y analizaba las propuestas de otros españoles que, en calidad de propietarios de minas, ofertaban diferentes precios por los cautivos.

La prestancia, muy disminuida de Summa, no pasó desapercibida para los interesados en adquirir hombres fuertes. El primero que palpó los músculos del joven pagó, sin regatear mucho, su valor en brillantes monedas de plata pura. El joven, siempre atado de manos, tuvo que seguir a otro propietario.

Introducido en una estrecha bocamina recibió instrucción por señas del nuevo amo, sobre las tareas que le corresponderían realizar. Estaba destinado a recoger y cargar sobre sus espaldas grandes bolsas de cuero, que otros cautivos colmaban de pesadas rocas rellenas de plata. El continuo trajín era dificultoso porque debía caminar encorvado en las galerías de baja altura y casi a ciegas entre antorchas instaladas en trechos muy separados.

Si durante el viaje Summa no tuvo noción de los días transcurridos desde su captura, ahora le era imposible conocer el paso del tiempo, porque el transporte de las bolsas sólo era en el interior de la mina, sin asomar al exterior ni saber cuando amanecía o anochecía; condenado a respirar aire nauseabundo, no sentir otra vez el calor del sol ni contemplar los cambios de la luna. Vivía peor que una viscacha en su viscachautanaca. Tanta desventura le fue ocasionando progresiva amnesia de su pasado: sus padres, la tierra y el río, iban quedando atrás en sus pensamientos, sin poder alcanzar las añoranzas de su pasado. Sólo mantenía conciencia del presente: hambre, frío, cansancio. Nunca pensaba en el día siguiente, tampoco imaginaba el futuro. Era, igual que los demás esclavos, un cadáver en vida, un ente sin porvenir ni deseo de continuar viviendo. Cuántas veces imploró al dios Lupi, el sol de los aymaras, que le enviara la muerte. Cuántas veces intentó, sin suerte, encontrarla por su propia mano; aunque, era imposible, no había modo alguno para quitarse la vida.

Una noche, cuando las ampollas en manos, pies y espalda no le dejaban dormir, encontró por fin la forma de alcanzar la muerte, se dejaría morir de hambre, no tomaría al día siguiente la lahua, sopa espesa de harina de maíz, que era el único alimento que recibían los cadavéricos extractores de plata para los odiados españoles.

Al día siguiente no comió nada, desparramó la lahua en el suelo de la mina, no pudo precisar cuánto tiempo estuvo en esa tarea de recibir alimento y echarlo a tierra, cuidando que no fuese percibida por los capataces que solían pasearse por el interior de la mina. De pronto, sintió estar desplomado de espaldas, sobre el duro suelo de la mina, no en el sitio que había preparado con sus manos sangrantes, para que fuese una superficie de sólo tierra, donde descansaba cotidianamente su cada vez más demacrado cuerpo. De pie frente a él estaba un capataz, látigo en mano, ya le había azotado una o dos veces. Recuperó el sentido al sentir el dolor que le causaba el látigo, cada vez que se estrellaba sobre su piel. Sintió la cara y el pecho mojados con una espesa sustancia, era lahua que habían tratado de introducirle por la boca. Había fracasado en su intento, con perjuicio para él mismo; porque breve tiempo después, a latigazos le obligaron a volver a transportar en la espalda la áspera y pesada bolsa de cuero.

Pasado mucho tiempo Summa se dio cuenta que el esfuerzo realizado cotidianamente y la exigua alimentación que recibía, ocasionaron la pérdida de dureza y flexibilidad de sus músculos. La noche inmutable atrofiaba sus ojos. La soledad poblada de lejanos y cada vez menos perceptibles recuerdos, la oscuridad plagada de tinieblas y casi ningún trato con sus compañeros de infortunio le dificultaba ver, hablar y oír perfectamente; aún así, solía distinguir sombras esqueléticas, entender algo de lo que los demás repetían maquinalmente. Comprendió que habían transcurrido muchos años sin ver luz natural, trasladando bolsas de mineral sin poder identificar cuando llegaba el día o la noche. De su vestimenta, tejida con lana de alpaca, sólo quedaban jirones que, de ninguna manera, alcanzaban a cubrir su desnudez.

En una ocasión, cuando dificultosamente depositaba la consabida bolsa para que otro la trasladara al exterior de la mina, creyó escuchar una voz que le pareció lejanamente conocida. Desde entonces prestó atención a cuanta palabra escuchaba. No pasó mucho tiempo en percibir nuevamente esa sensación, pero esta vez observó detenidamente en las tinieblas a quien había pronunciado una imprecación en su idioma. Dueño de todo el tiempo para meditar sobre esa voz, pudo convencerse que no podía ser de otro que no fuera Ñhojo, el traidor que le había sepultado en vida.

Para no incurrir en error decidió preguntar cualquier cosa cuando volviera a cruzarse con el sospechoso. La oportunidad no tardó en llegar. Summa al entregar la bolsa para sacarla al exterior, interrogó:

―¿Está la bolsa muy cargada? ―. A lo que respondió una inconfundible voz:

―No, está igual cargada que de costumbre.

Los sonidos captados fueron suficientes para evidenciar que Ñhojo también había caído en manos de los verdugos de Summa y que seguía su misma suerte. Por enésima vez rememoró la traición de Ñhojo y el momento de su captura. Pero entonces sintió una sensación de alegría que ya no pudo abandonarle. Debía tomar alguna decisión contra su enemigo. Analizó con mucho cuidado sus posibilidades, hasta el último detalle. No postergó mucho convencerse del fallo concientemente determinado. Estaba obligado a no desaprovechar la primera oportunidad para saldar cuentas.

Un día de febrero del año 1664, cuando la ciudad de Potosí albergaba a más de ciento sesenta mil almas y celebraba las fiestas de la anata aymara o carnaval, el español propietario de una bocamina en el famoso Cerro Rico fue informado, por uno de capataces, sobre la misteriosa desaparición de un laborero. Como explicación del hecho, y para justificar un posible descuido de su parte, contó la siguiente leyenda: Pachamama, la Madre Tierra, dispuso que en la profundidad de las minas viva el Tío. Un ser sobrenatural ansioso por salir a divertirse en la superficie, especialmente en Carnaval. Buscando cumplir su propósito pedía ayuda a los mineros, prometiéndoles, engañosamente, guiarles hasta las mayores vetas de plata para que se hagan ricos; pero, cuando el ardid fracasaba, por temor y desconfianza de los mineros, el Tío se ensañaba con quienes no le secundaban y acababa emparedándolos, sin dejar rastro, en la pared de alguna galería, al interior de la Montaña de la Plata.

Los criollos que escucharon la narración de Achacu, se quedaron por demás impresionados, ante la crueldad inhumana de los conquistares, de los cuales ellos eran descendientes. Pero, se habían alistado en el ejército que impediría vuelvan a cometerse semejantes crímenes, contra seres humanos desprovistos materialmente de armas y espiritualmente de sed de sangre.

No bien empezaron a desaparecer las sombras de la noche y después de una ligera pitanza, siempre ofrecida por el joven aymara, los hombres se encaminaron en busca del ejército expedicionario, al que encontraron a medio día, con la satisfacción de contar con un sagaz guía. Estaba en camino la liberación de los pueblos originarios.

FUNDACIÓN DE TIAHUANACO Cuento mitoógico aymara

Fundación de Tiahuanaco

Cuento mitológico aymara

Rodolfo Acosta Castro

Las sombras de la noche estaban cerca, las nieves eternas en los gigantes Illi-mani y Mururata resplandecían como enormes joyas ubicadas como límite del altiplano, más al fondo del horizonte se destacaba el Illampu . La desolada pla-nicie, silenciosa con sólo el gemir del viento frío que llegaba desde el Titicaca, alguno que otro leqheleqhe, buitre, surcaba el cielo, cuyo azul se iba oscure-ciendo lentamente.

Las figuras de los hombres y mujeres que caminaban detrás de sus llamas, al-gunas alpacas y también vicuñas, iban dejando a su paso sombras cada vez más alargadas, sobre el duro piso que servía de senda, mil veces cruzada por infinidad de llameros, comerciantes que utilizaban la llama como medio de transporte. Era una comitiva que se desplazaba a buen paso y casi en silencio, pocas palabras intercambiaban los viajeros. A la cabeza caminaba un anciano, apoyado en un cayado de madera yungueña, originaria de los yungas. Un am-plio poncho cubría la espigada figura de quien parecía abanderado del grupo, a sus lados dos robustos jóvenes, parecían cubrir los flancos del viejo, también vestían sendos ponchos de color negro con anchas líneas rojas, marcando su tamaño. Gruesos llhuchos, gorros de lana, arropaban hasta las orejas y cubrían las cabezas de esta vanguardia, sus piernas sólo visibles desde debajo las rodi-llas, se movían cadenciosas, calzados sus pies con livianas hojotas, sandalias, fabricadas con el delgado cuero de las llamas. No llevaban armas de ninguna clase, ni adornos en cuellos, muñecas, tobillos u orejas. El anciano trasuntaba magnifica dignidad, una actitud resuelta era guía de sus pasos, señera la frente irradiaba carácter y personalidad notables, dignas de ser iluminado que marcha en pos del futuro, busca el porvenir que considera augusto.

No parecían sentir fatiga alguna, quienes conformaban la comitiva, su paso rít-mico mostraba a gentes acostumbradas a largas caminatas, a llameros habitua-dos a trasladarse por todo el altiplano, como prósperos comerciantes entre la puna, valles y yungas. El equipaje de todo viajero, cargado en las espaldas de cada dueño, era ligero especial para largas jornadas, sólo transportaban ali-mento seco: chuño, con mote y trozos de charque de carne de llama. Cuatro de la veintena de viajeros, cargaba una jackallachi, vejiga de auquénido, converti-do en eficaz odre con agua cristalina, recogida en manantiales de la sima de las montañas.

Cuando sólo la luz de la luna, alumbraba la senda seguida por los infatigables caminantes, el anciano que les dirigía levantó la mano derecha; ante la señal dada todos detuvieron la marcha y formando rectángulo se despojaron de las cargas de sus espaldas y las ubicaron delante de ellos, cual cuerpo de baile que prepara una gala. Sin apresuramiento abrieron los fardos y extrajeron, inicial-mente sus taris, tapetes, luego pequeños cuencos de cerámica y chuas, platos, con alguna hendidura, del mismo material. Finalmente, salieron las cshuspas, bolsas, conteniendo sus alimentos. Juntaron los taris para formar un solo man-tel estirado sobre el suelo, donde cada cual derramó parte de sus cshuspas. La mesa del aptapi, cena, estaba servida, con los cuencos como copas y los conte-nedores de agua pasando de mano en mano.

Con sobriedad admirable, comenzó el festín, escuchándose palabras e inclusive algunas risas, sin llegar a las carcajadas. Parecía un grupo asexual porque no se hacía distinciones entre hombres y mujeres, todos parecían iguales sin privi-legio de nadie, seguían la norma llamera de respeto a la mujer, mientras durase el viaje, aunque sin reconocerle consideración ni atención especial. Sin embar-go, muchos romances surgían entre los jóvenes, iniciados por los muchachos como siempre, con el lanzamiento de una pequeña piedra, al cuerpo de mucha-cha que les atraía. La relación tan informalmente establecida, podría culminar instaurando un sirviñacu, convivencia prematrimonial, para la pareja.

Con la misma sencillez que habían tomado alimento, recogieron las cshuspas y los taris, casi todos se ocuparon de reunir en un solo cono, los huesos desecha-dos, mismo que fue colocado en el sitio donde había estado el aptapi, dejaban estas sobras para alimento de los kamakes, zorros, que con seguridad llegarían a ese lugar. Después formaron círculo para calentarse en la hoguera que con mucha paja brava que reunieron algunos miembros del séquito, fuesen mujeres o varones.

El anciano, cuya presencia hasta entones pasó desapercibida, les dirigió la pa-labra remarcando que cumplían un mandato del dios Lupi, Sol y de la diosa Qhespi, Luna, para encontrar el sitio donde el calor de la hoguera derretiría el interior de la tierra, para hacer brotar kholque, plata, en forma de pequeño cauce de agua y señalar el lugar donde debía erigirse la ciudad de Tiahuanaco, que sería el centro, el ombligo, de la cultura aymara, desde donde se irradiaría el culto a los dioses collas, para bendecir la implantación del ayllu, como fun-damento de la organización social de los seres humanos.

Los miembros del cortejo escucharon la palabra del achachi, hombre mayor, con unción religiosa, al terminar la arenga abrazó a cada uno de los caminantes y estos, a su vez, empezaron a estrechar entre sus brazos a todos y cada uno de sus compañeros de marcha, pronunciando muy pocas palabras, entre las que se distinguía: ¡Jallalla Lupi, Jallalla Qhuepi!, ¡Viva el Sol, Viva la Luna!

Luego, siempre formando círculo alrededor de la hoguera, se enrollaron en sus gruesos ponchos antes de acostarse para pasar la noche, alumbrada por los rayos de plata de una luna plena.

Muy temprano, al siguiente día, fueron despertando para recoger combustible para una nueva hoguera para, en ollas de tierra cocida, hervir api, mazamorra de maíz morado, que les sirvió de desayuno junto con maíz gris tostado. Los mismos cargadores de los jackallachis fueron quienes prepararon este desayu-no, extraído de segundas bolsas que portaba cada uno.

El achachi, siempre acompañado por sus dos jóvenes custodios, había observa-do cuidadosamente las cenizas de la hoguera apagada. Al no encontrar vesti-gios de plata, ordenó proseguir la marcha, siempre con dirección al norte. Esta rutina fue observada religiosamente durante el ciclo de la luna, con treinta días con sus noches, hasta que cuando ya se divisaba en el horizonte las aguas del Lago Titicaca, una mañana debajo las cenizas el anciano encontró fundida una porción de reluciente plata, sin demostrar exagerada alegría ni tampoco aspa-viento, reunió al séquito en círculo y comunicó la buena nueva, habían encon-trado el lugar para fundar la ciudad sagrada y capital aymara: Tiahuanaco.

El achachi emocionado hizo saber que en ese sitio se construirían dos centros dominantes, un conjunto de edificios que recibiría el nombre de Akapana y el otro Puma-punku situado al sudoeste. El centro al entorno de Akapana com-prendería los siguientes edificios: una pirámide, un Templete Semisubterráneo, Kalasasaya, Kantataita, Putuni y Keri-kala.

La pirámide Akapana con pataca pusitunca chachanaca, ciento cuarenta medi-das de un varón adulto, de este a oeste y pataca quinsakhalkho chachanaca, ciento ochenta medidas de varón adulto, de norte a sur, con altura de tunca pheskhani chachanaca, quince medidas de varón adulto, estaría orientada a los puntos cardinales y su planta asumiría forma escalonada, con un patio hundido en su interior. Sobre el lado oriental estaría la escalinata principal de la pirámi-de, señalando el nacimiento de Lupi, Sol, formada por phakhalkho, siete, plata-formas sucesivas delimitadas por muros de contención compuestos por pilares asentados por su peso y trabados lateralmente, entre los que se levantaría un lienzo de sillar. En el lado oeste habría otra escalinata menor, señalando la puesta de Lupi, Sol. Desde el vértice de Akapana sería posible ver el Illimani al este y el lago Titicaca al oeste, como grandes huacas, sitios sagrados, a ser venerados por los tiahuanacotas. La pirámide Akapana, tendría carácter de una montaña sagrada o huaca que prefiguraría las montañas como fuente del agua vital, con deshielos necesarios para los cultivos. El patio central descubierto ten-dría la finalidad de recoger el agua pluvial y estaría conectado a una serie de canales que desaguarían en las diferentes plataformas. Toda la superficie esta-ría cubierta por una grava verdosa que daría coloración a la pirámide. Al pie de Akapana, se ubicarían mesas destinadas a los sacrificios propiciatorios de ani-males y hojas de coca, construidas para la consagración de la pirámide.

El Templete Semisubterráneo estaría formado por un patio rectangular hundido, delimitado por cuatro muros de contención en los que empotrarían cabezas cla-vas mostrando diferentes estilos arquitectónicos para representar los diferentes pueblos que estarían sujetos a Tiahuanaco, un estado multiétnico. Se accedería al Templete por una escalinata situada al lado sur del muro y en su interior es-taría depositado un monolito con altura de phakhalkho, siete, unidades de me-dida.

Kalasasaya será un edificio con una plataforma y un patio interior al que se ac-cederá por una gran escalinata orientada a la salida del sol. El interior del patio estaría embaldosado y contaría con 14 recámaras cuadrangulares dispuestas a los costados que serán los mausoleos de los señores de Tiahuanaco. Al centro se hallaría otro monolito de quimsa chachanaca, tres unidades de medida de altura. En la misma plataforma se encontraría el monolito denominado el Fraile, que es importante por mostrar cangrejos en la cintura; lo que testifica las rela-ciones de Tiahuanaco con la costa del océano. La plataforma del Kalasasaya quedará limitada en el lado este por un gran muro formado por once pilares monumentales.

Dentro del Kalasasaya estaría la Puerta del Sol, pieza monolítica para ser utili-zada como punto de observación del inicio del año aymara en el solsticio de invierno y obra más representativa de la cultura Tiahuanaco. Tendrá un vano a manera puerta. El anverso se decorará con un friso con una figura central con la cabeza radiada y cetros en las manos, sendas cabezas cortadas colgando de los codos. Treinta figuras antropomorfas aladas, dispuestas en tres filas, esta-rán a ambos lados del personaje principal; en la fila del medio las figuras ten-drán cabeza de cóndor. La Puerta del Sol tendrá significado relativo a la identi-dad del personaje central, el dios creador andino cuyo antiguo nombre era Tu-nupa dios los fenómenos atmosféricos y geotectónicos y relacionado con el fue-go, en cierta manera con características similares a las del dios del rayo de los aymaras llamado lllapa. Con el tiempo Tunupa fue supeditado al dios Viracocha que era el nombre que los incas dieron a Tunupa. Se lo presentó como un en-viado de Viracocha. El reverso de la Puerta del Sol mostrará dos nichos a los costados y otros menores a la manera de friso en la parte alta; las jambas de la puerta serán escalonadas.

Al este de Akapana estará el conjunto de Kantataita; allí habrá una maqueta arquitectónica tallada en piedra, mostrando un edificio similar a Kalasasaya. Hacia el lado este de Kalasasaya estará el edificio llamado Putuni que será el palacio o residencia de los señores tiahuanacotas. Constará de patio central al que se accederá por una escalinata policroma situada en el lado este. El patio estará rodeado de habitaciones.

Junto al Putuni estará situado el Palacio Multicolor nombre que recibirá debido a las pinturas que cubrirán muros y pisos, todos ellos pintados con tierras minera-les: rojo-naranja de cinabrio, mineral de mercurio, verde de malaquita y azul cobalto.

Algo más retirado estará el Kerikala que también tendrá un patio central rodea-do de habitaciones, pero será de adobe y mucho más sencillo. También en este sector se encontrará la llamada Puerta de la Luna.

El conjunto de Puma-punku se encontrará a paya waranka chachanaca, dos mil unidades de medida, de Akapana y se supone que entre ambos estarán los di-ferentes barrios, para albergar a más de pataca waranka tatanaka, mamanaka, cien mil personas. El edificio principal se situará sobre una plataforma en U sus-tentada sobre muros continuos de piedras finamente pulimentadas. Se ubicarán en su patio central hundido, respecto a la estructura que presentará dos alas o apéndices laterales sobre el lado oeste. El edificio interior, será de piedra tanto en su piso formado de grandes piezas monolíticas, como en sus muros, venta-nas, puertas y techos, estos últimos imitando la paja. El piso del edificio tendrá tres bloques, para señalar los sitios de las recámaras. Las piezas estarán unidas con grampas de bronce.

El bloque mayor pesará cerca de pataca quimsatunca kallana, unidades de peso igual a patakha quimsatunca 130 toneladas; se estima que se necesitarán dos mil hombres para trasladarlo, lo que habla muy claro respecto al régimen social, inevitablemente duro y organizado, que permitirá sincronizar la fuerza de tan grande masa humana, buena parte de la cual debió dedicarse a levantar la formidable ciudad. Posiblemente, en Puma-punku estaría la Puerta del Sol y allí quedarían los restos de tres puertas más. Mucho más simples en su decoración.

Finalmente, la actividad expresada en la cosmovisión andina, que se realizará año tras año, ―dijo el anciano a los miembros de su séquito―, alcanzará ma-yor importancia al integrar otras culturas del viejo continente, con la consigna de vivir en armonía con la naturaleza, de mantener el equilibrio para proteger al planeta.

EXTRAÑO SORTILEGIO de Rodolfo Acosta Castro

EXTRAÑO SORTILEGIO

Rodolfo Acosta Castro

Ramírez Soldán la notable familia, de vieja estirpe aristocrática, había encargado el cuidado de sus dos hijas a una nueva ama de llaves, en la hacienda cercana conocida como La Donosa; María de los Ángeles Torres de Álvarez había quedado viuda a la edad de apenas veintidós años de edad, sin recursos suficientes para administrar la vida de su familia, debiendo hacer esfuerzos increíbles para sostener a sus tres hijos: Armando, Alicia y Cristina. Sus penas fueron subsanadas en parte cuando Armando logró ser admitido como ayudante de mecánico en una estancia vecina. María de los Ángeles había temblado ante la idea de verse desamparada con tres hijos pequeños a su cargo, obligada a lidiar por la subsistencia de los suyos. Por eso, aceptó agradecida el empleo para ella y para su hijo. En pocos días se pudo encontrarla dispuesta a encarar, con mucha entereza, la lucha por la vida de sus hijos y de ella misma.

Sus empleadores felizmente, eran personas muy estimadas en aquella pequeña ciudad del Departamento San Justo, en la Provincia de Córdoba. Con sus problemas ya casi resueltos, la joven madre atisbó para la vida de su prole, un futuro auspicioso. Alicia, cuando llegó a los doce años fue tentada para trabajar en Córdoba, en casa de un hijo de la familia Ramírez Soldán. Con entera confianza en la familia que también la empleaba a ella, María de los Ángeles no tuvo inconveniente en permitir el alejamiento de su hija, pese a la preocupación de no tenerla cerca, se mostró agradecida porque sabía que Alicia asistiría a la escuela y se cultivaría para algún día cambiar de ocupación. Sus patrones le habían ofrecido ese futuro para la pequeña niña. Armando para entonces era el mecánico principal de la hacienda más mecanizada de la región, con perspectiva, a sus 18 años, de trasladarse a Buenos Aires para seguir un curso completo de su oficio. Cristina la menor de los tres hijos, estudiaba danza clásica, mientras cursaba la primaria, gracias a la generosidad de los Ramírez Soldán.

La vida se encaminaba plácida para todos en Las Varillas, mientras la pequeña ciudad progresaba a pasos agigantados, por lo que era frecuente toparse con gente recién llegada para enrolarse a las muchas empresas que se fueron creando, con muchas y halagüeñas perspectivas. María de los Ángeles, siempre comprometida con su función de ama de llaves para servir a Luisa Josefina y Rosa Encarnación, no tenía ojos para fijarse en nadie, a más de sus hijos. Sin embargo, un hombre de aproximadamente 40 años se había prendado de ella, al tener breve contacto con la familia en su condición de plomero, dos veces contratado para resolver problemas de aguas servidas en la mansión de los señores Ramírez Soldán. En ambas, había sido atendido por María de los Ángeles, con su peculiar trato respetuoso y agradable.

El plomero Agustín del Campo, era oriundo de Rafaela la hermosa ciudad de la Provincia de Santa Fe, donde desde muy joven había colaborado con su padre, también plomero de profesión, adquiriendo la experiencia que le sería útil cuando marchó a la capital de la provincia para ingresar, estudiar y recibirse como Técnico Superior en Plomería. Las excelentes perspectivas de trabajo le indujeron a trasladarse a Las Varillas, donde de inmediato se convirtió en el plomero más requerido por su pericia, conocimientos y responsabilidad.

Todo cuanto aquí se narra, sucedió en el marco dado por el surgimiento de las bellas artes que, por carencia de arte indígena, recibió fuerte influencia extranjera y demoró el levantamiento de un arte auténticamente nacional, manifestado luego en las bellas artes por Cesáreo Bernardo de Quirós, Fernando Fader, Pío Collivadino, Antonio Alice, José León Pagano, Benito Quiniela Martín; en la literatura por Leopoldo Lugones, Evaristo Carriego, Rafael Alberto Arrieta, Enrique Banchs, Ricardo Rojas, Arturo Capdevila, Enrique Larreta, Alfonsina Storni, Horacio Rega Molina, Jorge Luís Borges, Francisco Ruiz Bernández, Roberto Payró, Álvaro Yunque, Leonidas Barletta, Roberto Arlt, Horacio Quiroga, Benito Lynch, Guillermo House, Juan Pablo Echagüe, Pablo Rojas Paz, Eduardo Mallea, Manuel Mújica Láinez; en el teatro por Pagano, Payró, Belisario Roldan, con actores como: Enrique Muiño, Florencio Parravicini, Elías Alippi, Blanca Podestá. Todo en la época política dominada por los mandatarios de principios de siglo: Roca- Quirno Costa, entre 1898 y 1904; Quintana-Figueroa Alcorta, entre 1904 y 1910; Sáenz Peña-De la Plaza, entre 1910 y 1916; Irigoyen-Luna, entre 1916 y 1922; Alvear-González entre 1922 y 1928; Irigoyen-Martínez, entre 1928 y 1930 y después la crisis de 1930, iniciada con el asesinato de Carlos Encinas en noviembre de 1929, el 6 de septiembre de 1930 se produjo un golpe de Estado militar que triunfó para hacer presidente al general José Félix Uriburu, quien accedió a la presidencia y estableció una dictadura favorable a la oligarquía conservadora.

Agustín había sido casado por más de diez años, aunque sin llegar a ser padre. Su esposa, también vecina de la ciudad santafesina, padecía tuberculosis contraída desde muy niña, sin posibilidad de mejorar algún día. En uno de los centros médicos, a los que asistió después de casada, establecieron definitivamente la imposibilidad de curarla. Justo a los dos meses de su internación en una clínica especializada falleció. El esposo dolorido por la tragedia, tantos años soportada, no quiso permanecer en la casa que habitó el matrimonio, tampoco en la ciudad de Rosario, por lo que, cuando se enteró de las ventajas que ofrecía Las Varillas, decidió trasladarse definitivamente a la pequeña ciudad cordobesa.

Cuando conoció a la ama de llaves de la familia Ramírez Soldán, Agustín se mostró gratamente atraído por la sencillez, trato agradable y fina figura de María de los Ángeles. En su segunda visita a la casa, corroboró la impresión recibida por la belleza de quien se mostró tener muchas cualidades que hacían de ella una mujer sorprendente. Aunque la relación no pasó de las circunstanciales palabras referidas al trabajo de Agustín, quedó entre ellos una indescriptible sensación de conocerse desde mucho tiempo atrás.

Para María de los Ángeles, el plomero era sólo un hombre sugestivo, muy conocedor de su oficio y seguro de realizar un trabajo satisfactorio para sus cada vez mayor número de clientes. A sus 35 años no se la había ocurrido tener una nueva relación sentimental, pese a los trece años pasados desde la muerte de su esposo. La vida pasaba sin ofrecer novedades a las personas mentadas en esta historia, sin hacer suponer las venideras que deberían enfrentar a breve plazo.

Don Juan Martín Ramírez, abogado de profesión y hábil tertuliano, fue el primero en darse cuenta de los sentimientos del plomero hacia su ama de llaves, que comentados con su esposa, Doña Esther Genoveva Soldán, dieron como primicia el posible entendimiento de ambos para cambiar sustancialmente sus vidas, aunque los esposos no verían con agrado que María de los Ángeles abandonase su trabajo.

El retorno temporal de Armando dio oportunidad al plomero para acercarse a la familia. El joven estudiante, gozando de una breve vacación, llegó a Las Varillas con la preparación de un proyecto para diseñar el sistema de agua potable y servida, destinado a una vivienda, exigido como trabajo práctico en una asignatura que debía rendir a fin de año. Sus comentarios sobre las condiciones en las que tendría que sujetar la tarea, llamaron la atención de Agustín que sin ningún interés de por medio, ofreció ayudar al joven, aconsejando medidas indispensables para realizar un trabajo impecable. Armando, agradecido por la ayuda recibida, consultó con su madre si podía invitar a su amigo, a cenar algún día.

María de los Ángeles, no vio inconveniente alguno para acceder al pedido de su hijo, por lo que ella misma se encargó de hacer la invitación. A la hora establecida Agustín llegó a la modesta casa del joven estudiante, portando una torta selva negra para servirla como postre. La dueña de casa agradeció el gesto y de inmediato estuvieron en la mesa, degustando un exquisito plato de macarrones diligentemente preparado por María de los Ángeles, como eventual cocinera. Después del postre, tanto Agustín como María de los Ángeles relataron parte de sus vidas, para hacer agradable la reunión que tuvo duración más prolongada que la prevista.

Desde esa anoche, las visitas del plomero a la ama de llaves, se hicieron cada vez más frecuentes, con satisfacción de Cristina que, pese a sólo sus doce años, era una niña muy bella, despierta y sumamente alegre, inclinada a tratar toda clase de temas de conversación con demostración de agudo ingenio. La floreciente amistad establecida por su ama de llaves, no pasó desapercibida para los patrones de María de los Ángeles, quienes no tardaron mucho en expresar sus puntos de vista en presencia de su eficiente empleada. Como no podía ser de otra manera, los señores Ramírez Soldán, elogiaron los lazos de amistad y auguraron meta feliz a lo que calificaron como “relación simpática”.

La última en enterarse sobre el cauce que iban tomando las continuas reuniones familiares, fue María de los Ángeles, primero desorientada y luego interesada a llegar a buen puerto como alguien había sugerido. Con el apoyo de los señores Ramírez Soldán, los preparativos de una modesta boda, con presencia de los tres hijos, muchos vecinos y conocidos de la pareja, se realizó el casamiento en un marco de refinado gusto y tradición católica.

El nuevo matrimonio, de inmediato cambió de vivienda por otra algo alejada del lugar de trabajo de la esposa, pero en un sitio encantador, rodeado de otras casas ocupadas por gente de la clase media alta de Las Varillas. La presencia de la nueva pareja y sus dos hijas: Alicia y Cristina, fue celebrada por todos los adolescentes del barrio, que vieron en ellas a dos chicas muy dispuestas a brindar amistad desinteresada, estrechamente bien matizada por la habilidades de las dos menores: la danza clásica y la declamación poética, en la que Cristina parecía ser versada profesional pese a sus pocos años.

A los seis meses del matrimonio y cambio de domicilio, las niñas no se cambiaban por nadie, tenían cuanto podían ambicionar ellas y sus padres, sobre todo el afecto de los vecinos que veían en la familia el modelo de institución respetuosa y bien encaminada, soñada por todos y por pocos lograda. La llegada del invierno con días de intenso frío, parecieron culminar el 22 de julio de 2005, dos días después de terminada la vacación invernal en las escuelas, Alicia tenía una práctica, para un nuevo festival de danza provincial, razón por la cual puso en conocimiento de sus padres que su hermana menor Cristina estaría por espacio de más o menos una hora, sola en la casa, desde las 17:00 en que Alicia saldría a su práctica, hasta las 18:00 que llegaría Agustín de su trabajo, como todos los días, para esperar el retorno a casa de María de los Ángeles 10 o 15 minutos después de las 18:00.

Cuando Agustín llegó puntual en su coche a la vereda frente a su casa, como declaró horas después, notó algo raro: la luz de la puerta de calle continuaba apagada, posiblemente por olvido de Cristina que debía encenderla a la 18:00. En vez de introducir el vehículo al garaje, Agustín lo dejó en la calle y se encaminó al interior. La puerta estaba cerrada, con seguro por dentro. Agustín llamó con el timbre sin tener indicio de haber alguien dentro de la casa. Al no recibir respuesta a sus continuos llamados, decidió ingresar por la parte posterior. La puerta también estaba cerrada con seguro por dentro. Preocupado, apuró sus pasos y empezó a tentar abrir alguna de las seis ventanas de la planta baja de la casa, sin poder abrir ninguna. Ya temeroso buscó en el garaje una escalera, con la que abrió una ventana del primer piso, la ventana del dormitorio de Alicia. Penetró hacia el interior, llamando por su nombre a la niña que supuestamente se encontraba en la casa. No recibió respuesta. Bajó la escalera interna y llegó a la planta baja, donde tampoco hubo alguien que respondiera a sus llamados. Tomó el teléfono para llamar a la policía, y cuando iba a discar el número de emergencia, sintió que la puerta de la cocina se encontraba entreabierta. Dejó en su lugar el aparato y se encaminó hacia la cocina. En el interior había un descomunal desorden, nada parecía estar en su lugar. Girando los ojos a izquierda y derecha para ver, cuando las sombras ya alargaban las formas de las cosas, vio un bulto alargado casi junto a la mesa de diario. Era el cuerpo inmóvil de Cristina.

Cuando llegó la policía, hacían minutos que María de los Ángeles había retornado a su hogar. Marido y mujer, tomados de las manos, permanecían quietos y silenciosos sentados alrededor de la mesa. El cuerpecito de Cristina continuaba en el piso. Dos uniformados se agacharon para auscultar a la niña, no había duda estaba sin vida. Luego, aparecieron más uniformados y otros en traje civil, todos al parecer con una función específica, raras eran las cortas preguntas y respuestas entre ellos y menos el cambio de opiniones. Todos cumplían sus labores en silencio sepulcral. Quien parecía dirigir el grupo, ordenó después de haberse tomado muchas fotografías y haberse realizado comentarios en voz baja, retirar los restos de la niña y disponer que sus padres se trasladasen junto a los policías hasta la comisaría más próxima.

Esperaron hasta cerca a medianoche, intercambiando cortas frases que intentaban explicar lo sucedido, pero sin acceder a una suposición verídica sobre el horrible espectáculo del cuerpo de la niña, de apenas trece años, inerte acostada en el piso de una cocina, con todos sus muebles y utensilios desparramados. El ayudante del jefe, se acercó a la pareja y dijo:

─Por favor síganme―. Mecánicamente ambos se pusieron de pie y siguieron los pasos del policía hasta una oficina donde tres uniformados permanecían sentados. El jefe sin dirigirse a nadie en particular, ordenó:

─Tomen asiento y lean lo que tienen delante de ustedes.

En minutos habían leído todo el documento, que era una especie de declaración en la que narraban cómo encontraron el cuerpo desanimado de la niña. Concluida la lectura, recibieron la misma punta bola para firmarla. En seguida, el jefe les dijo esperaría a ambos al día siguiente a las nueve de la mañana.

Pese a la hora avanzada, muchos vecinos se encontraban formando grupos frente a la casa, cuando los vieron algunos se acercaron para hacerles conocer su apoyo y pesar por lo ocurrido. Dos policías de uniforme estaban entre los grupos. Una pareja trajo a Alicia que había llegado hacía muchas horas de su práctica de danza, la habían mantenido en su casa con sólo la escueta noticia de que su hermana menor había sido encontrada muerta. Cuando la tuvieron junto a ellos los esposos la abrazaron y cubrieron de besos, con lágrimas en los ojos.

Al día siguiente, el comisario Lamadrid sindicó directamente a Agustín como autor del asesinato de la niña, previamente violada y le sugirió llamar un abogado antes de ser indagado como único sospechoso. Ni él ni su esposa daban crédito a lo que oyeron, de nada sirvieron las protestas de ambos, la policía tenía convencimiento pleno que sólo alguien con llaves de la puertas de la casa podía haber entrado y salido con tanta facilidad. El doctor Joaquín Entreaguas, acudió presto al llamado de su amigo Agustín. Conversaron largo rato, sin llegar a nada concreto que pudiese desvirtuar la acusación. Por lo tanto, Agustín tuvo que permanecer detenido en una celda policial. Al día siguiente debía declarar ante un fiscal.

Desde el momento de su detención hasta siete meses después, la policía y la fiscalía no pudieron presentar una prueba concreta que pudiese justificar la detención del presunto violador y homicida, pero tampoco fue posible encontrar vestigio sobre la presencia de otra persona en la casa, durante el día del crimen. El caso parecía estar resuelto inculpando a quien fungía como padre de la menor, por su matrimonio con la madre. Sólo para Agustín y María de los Ángeles, se cometía un error escalofriante, aunque no existían indicios de ser otro el autor del crimen.

En los primeros días de marzo de 2006, la acusación estaba completamente armada, sindicando a Agustín del Campo como autor de los delitos de violación y asesinato posterior por asfixia, posiblemente con un cinturón en el cuello de la víctima. Estaba fijado el 10 de marzo, para que sea dada a conocer la sentencia. En todo ese tiempo, María de los Ángeles jamás dudó sobre la inocencia de su esposo. La justicia no presentó prueba concluyente contra el acusado; al no existir prueba fehaciente el juez optó por sancionar al único personaje que podía haber cometido el doble crimen. Algunos medios de comunicación de la provincia defendieron al supuesto homicida, otros lo acusaron. La opinión pública estuvo dividida, cuando se emitió la sentencia.

Pasaron cuatro años, al día siguiente del feriado del 25 de Mayo, se produjo un accidente de tránsito en la carretera usual entre la capital de Córdoba con la ciudad de Rafaela en la Provincia de Santa Fe. Las víctimas de la colisión de un bus interprovincial con un automóvil particular ocupado por tres hombres de mediana edad, fueron trasladadas a un centro de salud de la capital, con diagnóstico reservado. El conductor del automóvil fue quien mayor daño sufrió, respondía al nombre de José Santos Perdiel, de 42 años de edad, soltero, de profesión plomero, nacido en Rafaela. Pasadas más de 48 horas, la policía de tránsito de la provincia dio a conocer el estado de los heridos en el accidente, Perdiel tenía una grave conmoción cerebral, producida por un fuerte golpe en la cabeza. La lesión estaba acompañada por pérdida de conciencia, presumiblemente por el aumento de presión en el tronco cerebral, que tenía como síntomas principales: descenso de la velocidad o parada temporal de la respiración y ralentización del pulso, extrema palidez, sudoración y caída de la tensión arterial.

A las 24 de sucedido el percance, el herido más grave continuaba en terapia intensiva sin vestigios de mejoría, pero con extrañas exclamaciones invocando nombres y lugares que llamaron la atención de los policías que, en busca de conocer las circunstancias del accidente, seguían de cerca la evolución de los lesionados.

Informado el jefe de policía sobre las exclamaciones del señor Perdiel, dispuso que un auxiliar tome notas taquigráficas de cuanto expresaba el magullado personaje y que al ser revisadas eran frecuentes dieron a conocer citas de nombres, seguidos de prevenciones como: ¡Soy inocente, créanme por favor! ¡No soy culpable! ¡Quiero volver a mi casa! ¡Las Varillas!, etc. Según la autoridad policial existía evidente sugerencia a un hecho extraño, con utilización de palabras entrecortadas fruto posible de un estado de ánimo muy convulsionado.

No transcurrió mucho tiempo para que la policía relacione al herido con la violación y asesinato de la niña Cristina Álvarez, sucedido en mayo de 2004 y por el cual permanecía cumpliendo condena de 12 años, su padrastro Agustín del Campo. La notoria agravación del estado del señor Perdiel, permitió que la policía intensifique su investigación en torno a cuanto repetía el herido, inconcientemente, para llegar a la conclusión que mucho tuvo que ver con el deplorable suceso. Lamentablemente, la sospecha no podía avanzar o ser rechazada porque no existía posibilidad de mejora en la salud del herido.

Al comisario Lamadrid se le ocurrió una manera de obtener mayor información sobre lo sucedido, para lo que se trasladó a la prisión de Bower con la finalidad de indagar a Agustín del Campo sobre José Santos Perdiel que, casualmente, era plomero y paisano del presidiario. Sentados uno frente al otro, el comisario inició la conversación preguntando:

─ ¿Conoce usted a un señor de nombre José Santos Perdiel, plomero de profesión y vecino de la ciudad de Rafaela, es decir con mucha similitud a los datos generales suyos?─. El interrogado, después de breve instante, respondió:

─No, aunque sé de un paisano mío del mismo apellido que fue sospechoso de violar y matar a una menor, allá por los años ’98 o ‘99─, dijo para continuar, esta vez con aparente mayor seguridad sobre lo que afirmaba:

─No fue un hecho muy divulgado, me enteré del mismo a través de comentarios con colegas que conocían al sospechoso y porque pese a los esfuerzos de la justicia, sólo fue hallado culpable de merodear el domicilio de la víctima; aunque, con la extraña desaparición del sospechoso, antes de ser definitivamente absuelto─, opinó con seguridad, para dar lugar a otras preguntas del comisario.

─ ¿Hubo parte civil? ¿Los familiares de la víctima no presionaron para esclarecer el delito?

─Tengo entendido que los padres eran gente muy humilde, con muy pocos recursos para continuar la investigación, por ello tuvieron que conformarse con la desgracia, sin ánimo para exigir mayor dedicación de los encargados de seguir investigando, en aras de alcanzar la debida justicia. El poco interés demostrado por la policía y los tribunales, impidió mayor investigación, con la que podía esclarecerse la fechoría. Cuando desapareció el supuesto asesino, no hubo instancia que indagase sobre su paradero, todos prefirieron la huída a la condena de un inocente.

Mientras así se expresaba, el comisario pensaba que el condenado sabía mucho más de lo que comentaba sobre ese caso, razón por la cual exponía detalles talvez menos conocidos por la justicia, motivo por que siguió indagando:

─ ¿Sabe usted algo más sobre el señor Perdiel o algo más que le hubiese sido comentado con relación al hecho?

─Creo que no, pero si me permite podría intentar recordar algo más de lo que escuché comentar, si me da tiempo hasta mañana, posiblemente tendré pormenores que ahora no recuerdo─, dijo en tono convincente.

Interesado en saber mayores detalles, el comisario, antes de despedirse, aceptó la propuesta seguro de recibir mayor información adicional, cuando hiciese saber al prisionero, sobre el accidente del señor Perdiel, su estado crítico y sus manifestaciones inconcientes. No bien llegó a su despacho, se comunicó telefónicamente con la policía de Rafaela, solicitando información sobre José Santos Perdiel, la misma que le fue proporcionada de inmediato

Al siguiente día y a la misma hora, el convicto estaba frente al comisario, escuchando decir:

─El señor Perdiel, acusado de violar y asesinar a la niña Rita Escudero, hace unos días sufrió un accidente de carretera, se encuentra internado, con muy poca probabilidad de recuperar la salud, ya que el daño sufrido en el cerebro es muy severo─. Ante semejante declaración, Agustín del Campo, cambió radicalmente de compostura, para después de pensar un momento expresar:

─Ahora recuerdo, un conocido que me visitó durante el juicio, me dijo haber visto acá, en Las Varillas, a José Santos Perdiel, aproximadamente en la fecha del asesinato. Sin ánimo de especular, me permito solicitar se investigue si pudo estar en esta ciudad el día y a la hora que se produjo la violación y asesinato de mi hija Cristina, lo que podría demostrar la posibilidad de existir otro sospechoso, con mayor perspectiva de ser culpable, porque anteriormente fue sospechoso del mismo delito. Le ruego señor comisario me disculpe, pero me es imprescindible preguntar: ¿Qué se supone utilizó el asesino de Rita Escudero para asfixiar a su víctima?─, peguntó, convirtiéndose de interrogado a interrogante. El comisario que ya se había informado exhaustivamente sobre aquel suceso, respondió:

─Utilizó también un objeto de cuero con aproximadamente entre 4 a 5 centímetros de ancho, igual al usado en Las Varillas.

Un silencio por demás expresivo de la tensión originada por el desenvolvimiento de la conversación, culminó antes de finalizar la entrevista. El comisario, sin hacer demostración alguna, sintió estar en buena posición para resolver dos ilícitos no desentrañados. Mientras retornaba a la sede de sus funciones fue diseñando desenlaces, mediante los cuales se podría vincular ambos hechos cometidos por la misma persona. Cuando ya no cabían dudas, estuvo dispuesto a informar a la justicia sobre sus conclusiones.

A primera hora del día siguiente estuvo reunido con el fiscal y juez que, años atrás, habían participado en el proceso que condujo a la cárcel al presunto criminal Agustín del Campo. Las conjeturas, debidamente respaldadas, hicieron también carne en los magistrados, hasta el punto de proponerse la revisión del proceso contra del Campo, previa la clara intención de reconocer haberse cometido un error, por el cual un inocente estaba en prisión, purgando un delito que no cometió.

Como el caso aconsejaba, casi de inmediato se tomaron las medidas para la rápida excarcelación del inocente, obviándose inclusive algunos pasos determinados en el código procesal penal vigente. “Ningún esfuerzo será suficiente”, había declarado el Presidente del Tribunal Superior de Justicia la Provincia de Córdoba, a los medios de comunicación de todo el país.

El injustamente condenado, junto con su leal esposa y afectuosos hijastros, a los que siempre había considerado hijos propios, empezaron a planificar el encuentro familiar, con una celebración a la que estaría invitada toda la población de Las Varillas, como anunció el periódico Vivencias. La fecha fijada para el acontecimiento estaba cerca y ya era notoria la satisfacción, en todos los círculos sociales de la ciudad, por la enmienda judicial.

Víctor Manuel Martínez, un joven detective recién egresado de la Escuela de la Policía Federal Argentina, especializado en Seguridad de Pericias, había solicitado trabajar en Las Varillas, ciudad en la que había nacido su novia Alicia Álvarez. Se había interesado completamente en el crimen perpetrado contra la hermana menor de Alicia, cuyos procedimientos investigativos no le parecían adecuados ni muy claros. Al mismo tiempo creía conveniente formar familia en Las Varillas, con la finalidad expresa de radicar definitivamente en tierra de los padres de su novia, como expresión de afecto hacia la maltratada madre, por la luctuosa contingencia que tuvo como supuesto responsable al padrastro de Alicia, en esos momentos cumpliendo dura condena.

Interesado en la completa demostración de la inocencia del padrastro de Alicia, el detective dedicó todo su esfuerzo para probar la injusta condena. Creyó imprescindible, en primera instancia, averiguar sobre el nuevo supuesto autor de los crímenes imputados al señor del Campo, por lo que obtuvo autorización para estudiar el expediente edificado sobre el señor José Santos Periel, que en esos momentos continuaba en estado crítico en un hospital de la ciudad de Córdoba, bajo estricta seguridad policial.

De inmediato se sorprendió por las determinaciones precipitadas del comisario Lamadrid, influenciadas claramente por las declaraciones del señor del Campo; por lo que omitió todo lo averiguado y buscó nuevas fuentes para corroborar o desahuciar la información recogida. Rápidamente se trasladó a la ciudad de Rafaela, cuna de ambos personajes vinculados al caso de Cristina. Con ayuda de la Policía Federal empezó a realizar las comprobaciones indispensables sobre lo manifestado por el señor del Campo al comisario Lamadrid, encontrando que el señor Periel evidentemente fue acusado de violar y asesinar a una niña llamada Rita Escudero, aunque las circunstancias del hecho no estaban claras para la policía en sus primeras diligencias. Constató que quien había proporcionado información contra el presunto criminal fue un colega suyo, al declarar haberse cruzado con Periel quince minutos antes de cometerse los delitos, en un sitio cercano al lugar donde se perpetraron. Le causó intranquilidad enterarse que esas declaraciones no habían sido debidamente comprobadas.

Sobre la base de la presencia cercana de Perdiel, se tejió una trama en la cual se continuó utilizando datos proporcionados por el mismo colega del imputado. Cuando el detective visitó a los familiares de Perdiel, estos manifestaron haber recibido ayuda económica de un amigo, muy interesado en conocer las actividades de Perdiel, el día en que se consumó el delito. Relataron, además que la misma persona, había ofrecido dinero para facilitar la huída de José Santos, con rumbo desconocido, aunque conocido por el benefactor.

Supo también que ese mismo colega, había declarado en la policía, sobre las inclinaciones sexuales del inculpado, haciendo sospechar que era un pederasta declarado, con inclinación a la sodomía o abuso sexual contra niños. Sin embargo, cuando buscó identificar al colega, no encontró una identificación, sino varias, todas falsas; de donde coligió la existencia de un facilitador de las declaraciones y denuncias que dieron por resultado la acusación contra Perdiel.

Víctor Manuel había trabajado sigilosamente, sin hacer conocer el verdadero móvil de sus averiguaciones que, aún con la diligencia que fueron realizadas, no tuvieron el resultado esperado. No tardó en convencerse que toda la maquinación contra Perdiel, podría resolverse identificando al o a los declarantes como testigos y también al o a los denunciantes, por lo que pidió autorización para investigar en el archivo de identificaciones de propiedad del Registro Civil, cuyas oficinas colindaban con la Jefatura de Policía de Rafaela. La magnitud del trabajo de revisión de expedientes de personas de sexo masculino, con edad entre los cuarenta y cinco y cincuenta años, mantuvo al detective hasta las diez de la noche, hora que le pareció conveniente para suspender la búsqueda. Al retirarse debió cruzar un pasillo donde vertían varias otras oficinas, al llegar al centro percibió algo parecido a un ruego que le hizo detener. Escuchó atentamente y comprobó se trataba de un niño que decía repetidamente: ¡No por favor!

Golpeó la puerta de donde se escuchaban los ruegos, que terminaron súbitamente, aunque nadie atendió su llamado. Empujó la puerta y vio a un hombre sentado detrás de un escritorio frente al cual estaba sentado un niño de aproximadamente diez a doce años de edad. Ante la sorpresiva presencia del detective, ninguno de ellos pronunció palabra y motivó para que Víctor Manuel pregunte al hombre:

─Escuché el pedido del niño, ¿Podría decirme usted de qué se trata?

─De nada, sólo reconvenía a este niño que vive en la calle y que por segunda vez fue traído a la policía─, mintió sin dar lugar a que el niño diga algo. Sin satisfacerle la respuesta abandonó la estancia, pero decidió permanecer un momento fuera de la policía, escondido en una puerta de calle.

Pasados apenas unos cinco minutos salió el niño, con evidente deseo de emprender veloz carrera, pero fue atrapado por detective, al mismo tiempo que decía:

─¿Dime qué quería el policía?─, mientras el niño intentaba librarse del férreo apretón de la mano que detuvo su huída. Temeroso igual que antes, el niño tomó valor y respondió:

─Es un marica, le gustan los niños, siempre nos abusa─, y emprendió vertiginosa huída.

Más molesto que sorprendido, Víctor Manuel emprendió camino a su alojamiento que distaba pocas cuadras,

Al día siguiente continuó su revisión de expedientes de identificación, sin encontrar vestigio de existir superposición de identidades. Cuando se retiró había decido volver a Las Varillas sin haber logrado verificar algo que permitiese sustentar la plena inocencia del padrastro de su querida novia. Su viaje había sido un completo fracaso.

Ya en su destino, el joven detective informó a sus superiores sobre el fracaso de su investigación, haciendo conocer la existencia de un informante y denunciante a la vez, que posibilitó dejar sin resolver la violación y estrangulamiento de la niña Rita Escudero. En el reencuentro con Alicia se enteró que su padre estaría libre el fin de semana, por lo que el día sábado se realizaría el alegre festejo, con presencia de más de un centenar de invitados.

Desde muy temprano se produjo intenso ajetreo de personas acomodando mesa y sillas, tapetes, manteles, cristalería y vajilla en espera de Agustín del Campo, a quien acompañarían muchas autoridades de la ciudad y esperarían los familiares henchidos de satisfacción. El abogado Juan Martín Ramírez y su distinguida esposa, estaban entre los invitados más allegados. Antes de mediodía se escuchó infinidad de bocinas entremezclando toda clase de sonidos que anunciaban la llegada de la caravana de coches que acompañaban al liberado.

Ya en la puerta de la casa, María de los Ángeles acompañada por sus hijos Armando y Alicia dieron cálida bienvenida al señor de la casa y abrazado lo condujeron a una mesa especial que presidía a las muchas otras destinadas a los invitados. Antes de tomar asiento Víctor Manuel fue presentado a Agustín que le abrió los brazos para estrecharlo tiernamente. El detective azorado por la inesperada muestra de afecto, también abrazo y palmeó al recién llegado. Estando todavía con la vista por encima del hombro de Agustín, el joven reconoció a un hombre que había llegado, en lugar de honor, con la amplia comitiva.

La presencia de aquel individuo puso tensos los músculos y articulaciones de Víctor Manuel, al colmo de impedirle movimiento, mientras su cerebro empezó a procesar toda la información recogida en Rosario. No tardó más de un minuto para darse perfecta cuenta de lo sucedido. El hombre reconocido era aquel que intentaba abusar a un niño de la calle, éste era el funcionario con posibilidad de manipular identificaciones en la ciudad de Rafaela, por lo que fue imposible descubrir la identidad del informante que a la vez fungía como delator para culpar a José Santos Perdiel de la violación y estrangulamiento de Rita Escudero, facilitar la huída del presunto asesino y llegar a Las Varillas como un honesto trabajador, aunque era compañero de malandanzas del funcionario calificado de pederasta.

Más que anonadado por su terrible descubrimiento, no pudo impedir que gruesas gotas de sudor recorriesen su frente y su lengua pareciese haberse anudado, sin permitirle pronunciar palabra. Sacando fuerzas de donde no creía tener, se dirigió lentamente al encuentro del comisario Lamadrid que también fue parte del cortejo, lo tomó de un brazo y obligó a seguirle al interior de la casa. Sin pronunciar siquiera una sílaba, ambos llegaron a una sala con varios cómodos sillones, en los cuales tomaron asiento.

Víctor Manuel tragó saliva antes de dirigirse a su superior para hacerle conocer su descubrimiento. Inicialmente el comisario se resistía a creer lo que decía el detective, pero la contundencia de sus argumentos fue minando poco a poco la resistencia del policía. En menos de cinco minutos ambos funcionarios estaban completamente convencidos de haber resuelto los crímenes de dos niñas. Sin recurrir al compromiso de cumplir con su deber, ambos volvieron al amplio jardín donde la algarabía era general. Lentamente, los dos funcionarios se acercaron a la mesa principal, en la que distendidos dialogaban los asociados: Agustín y el pederasta.

Los policías se pusieron a los lados de los dos individuos, que sentados eran ajenos a lo que sucedía alrededor de ellos. Víctor Manuel, levantó el brazo pidiendo silencio a la copiosa concurrencia, los invitados creyeron se iniciarían los discursos de bienvenida y guardaron silencio. El comisario Lamadrid, también de pie y con una mano sobre el hombro de Agustín del Campo dijo con su fuerte vozarrón:

─Señor Agustín del Campo, está detenido, acusado de ser el violador y asesino de la niña Rita Escudero en la ciudad de Rafaela y de ser también violador y asesino de la niña Cristina Álvarez en esta ciudad. Desde este momento es el presunto delincuente, autor de los crímenes mencionados.

Como por parte de un sortilegio de las mil y una noches, quienes hacía un momento eran divertidos amigos del violador y asesino, dejaron de reír, se pusieron de pie y avanzaron amenazadores hasta ponerse al frente de la mesa de privilegio. Nadie pronunció palabra alguna, pero todos estaban concientes de su responsabilidad ciudadana, rechazaban con su actitud la criminal presencia del degenerado. Como derivación del supuesto sortilegio, ese mismo día se supo la recuperación inesperada del señor Perdiel, que declaró haber recibido ayuda y consejo de Agustín del Campo, cuando no la necesitaba, para huir de Rafaela y que fue visto por él mismo del Campo, el día que asesinó a su hijastra en Las Varillas.

El Paraíso Guaraní, de Rodolfo Acosta Castro

PARAÍSO GUARANÍ

Rodolfo Acosta Castro

Toda autoridad del Río de la Plata, desde Asunción, Buenos Aires u otro sitio, donde eventualmente se encontraba, siempre tenía disposición para buscar la manera de llegar a esa sierra de la plata que ya era legendaria. Gil Pérez y To-ñuelo, apodado Gilsote, era un hombre llegado desde España acompañando al Capitán Juan de Ayolas y que, en 1538, después de la muerte de éste, estaba bajo el mando de Manuel Monteclaro, junto a otros adultos y jóvenes de su misma edad y similares aspiraciones.

Como era corriente había marchado, junto con otros expedicionarios, grandes distancias, buscando indicios que permitieran al Gobernador Domingo Martínez de Irala conquistar la gloria llegando a la sierra de la plata que haría ricos a todos quienes se jugaban la vida, moviéndose infatigablemente en busca de una posible utopía. El último desplazamiento salió desde la Candelaria hacia el norte, habiendo llegado a unas ciénagas que los nativos guías, llamaban Izo-zog. El sitió era fantástico por la variada fauna y su entorno vegetal. No era posible contar el número de coloridas aves, de todos los tamaños y matices, que se veía diariamente. En las aguas, poco profundas, existía tal cantidad de peces que los expedicionarios comían como nunca lo habían hecho antes, acompañando los pescados con un tubérculo que los indios llamaban yuca y que tenía sabor inconfundible por su exquisitez.

El 21 de mayo de 1555 regresó la patrulla, para informar que las noticias sobre la tierra, donde abundaba la plata, se llamaba Sumac Orcko y que estaba sien-do explotada con todo éxito por número creciente, de españoles en un lugar que se conocía como Potosí, donde ya estaba fundada una próspera ciudad con miles de bocaminas, en la imponente montaña que confirmaba las noticias so-bre lo que se conocía como sierra de la plata.

La expedición había sido completamente afortunada, consiguió muchos anima-les vivos y carne salada de mamíferos y peces. Además varias especies vegeta-les, desconocidas en Europa, entre las que sobresalía el tubérculo conocido co-mo la yuca por su agradable sabor, cocida o asada. Después de cuarenta y dos días de campaña, o mejor dicho, de asombro y sorpresa incesantes, los hom-bres y caballos, pese a su rica alimentación, estaban delgados, extenuados, aunque conservaban la mirada vivaz y rellena de ímpetu. Los hombres estaban bronceados por la fuerza del sol y la tibieza del ambiente con los cabellos muy largos, las ropas deshechas y sucias, tan gastadas como los correajes y los aví-os de las cabalgaduras. Los españoles, como todos los de su raza, se mostra-ban despreocupados por los peligros afrontados y por los infortunios que debie-ron padecer por las largas caminatas, las noches atentas a cualquier contingen-cia por parte de nativos hostiles.

Para realizar buen trabajo, tal como disponían los jefes, mandaba la religión y necesitaba cada uno, debía cada uno cumplir su objetivo de atesorar la mayor cantidad de riqueza, mantenerse sano de cuerpo y alma, encomendándose a Jesús y María. En casos como estos ¿qué jefe no hubiera preferido a estos vale-rosos y fieles expedicionarios?

Gilsote, igual que sus compañeros, tenía presente todo el tiempo que sus es-fuerzos serían recompensados, indudablemente, más temprano que tarde, con el placer que brinda la posesión de oro o plata en cantidad suficiente para vol-ver a la pobre aldea que le vio nacer, con la felicidad y placidez que proporcio-na ser rico. Tenía además presentes a sus padres y hermanos menores, junto a los abuelos, los tíos y primos, los amigos y los conocidos a quienes podría cam-biarles la vida, al volver con medios suficientes para comprar algo de tierra, cultivar y criar ganado. Todos los días, desde muy temprano en la mañana y hasta muy tarde en la noche, pensaba en todas las pequeñas felicidades que le esperaban.

Ahora, luego de las penurias soportadas, se solazaba por dormir sobre algo mu-llido y bajo techo, intentando minimizar momentos difíciles, tristes y angustio-sos vividos en lugares inhóspitos, plagados de riesgos. Con mucha satisfacción podía descansar sobre un colchón de paja, con la cabeza apoyada sobre sus ropas ya lavadas y recosidas. Su complacencia aumentaba al saborear, nueva-mente, la comida tomada sentado en una silla y sobre una mesa, aunque sólo fuera de pan y carne salada, pero rodeado de alegres camaradas que sabían gozar la vida, aunque fuera incierto su destino.

Sus sueños tenían sabor a la dulzura de la moza que gustaba atisbar en la leja-na Almensilla, a tres leguas y al suroeste de Sevilla, que rogaba a Dios no con-siguiera marido hasta que él retorne. Ella era bajita, bastante rellenita, pero con una sonrisa que podría alegrar la vida del más amargado mortal. Apenas había hablado una vez con ella, preguntándole sobre un corderito perdido cuando ambos hacían de pastores. Se preguntaba si habría cambiado su figura y su forma de lucirse con flores en el cabello; imaginaba llevaría un jazmín como le gustaba o una flor de granado o violeta. Pensaba que sus padres, amigos de los suyos, no se opondrían a tener un indiano en su familia, siempre que estuviera forrado con buena cantidad de oro, igual que algunos que habían retornado y comprado tierras, casas, muebles y ropas. Pero, también, se preguntaba si se-guiría dueña de ese caudal de ternura y si le sería fiel y consecuente con su amor. La verdad era que no había ningún otro soldado, con aspiraciones iguales a las de Gilsote.

Daba mucha felicidad cumplir una misión, pero daba más placer quedarse en el campamento sin exponerse a los peligros de las travesías por lugares descono-cidos, con toda clase de peligros.

Como era costumbre, la partida completa debía presentarse, después de recu-perar fuerzas, acompañando a Manuel Monteclaro como jefe. A dos días del retorno se sintieron suficientemente capaces para cumplir la usanza militar. El superior de Manuel, Don Celestino Pino, los recibió paternalmente, manifestan-do que estaba orgulloso de tener bajo su mando a hombres tan valerosos, in-cluso dijo que estaba contento de los logros alcanzados en la incursión. Luego llamó aparte al comandante para, por mucho rato, decirle en voz baja un dis-curso que parecía ser agradable, según se podía calificar por la expresión de sus semblantes y era que le estaba convenciendo para ir a despojar a los nati-vos del oro que tuvieran.

Al terminar la plática, Monteclaro reunió a sus hombre para comunicarles que debían marchar, al día siguiente, en una nueva expedición mucho más al norte de la que habían concluido. El movimiento de los gruesos mostachos y luenga barba del jefe, se elevaba a la altura de sus cejas, mientras en sus subalternos la tranquilidad descendía, porque nadie podía superar el temor que entrañaba ser parte de pequeñas patrullas a las que se encargaban largas incursiones, en territorios desconocidos con innumerables riesgos. Se daba por seguro que los convocados simulaban no escuchar, ensayaban miradas de resignación. Los ojos y nariz del comandante se movían para mostrar signos de íntima satisfac-ción; pero también, se podía percibir alargadas miradas de los soldados, inten-tando desechar tétricos pensamientos.

Al día siguiente, de madrugada antes de la salida del sol, sólo tres días después de haber vuelto de una expedición que duró más de cuarenta días, el grupo de Manuel Monteclaro, acrecentado a quince subalternos, partió con rumbo no-roeste, hacia la comarca conocida por los indígenas como Chacu y Chaco por los españoles.

Después de cuatro días de marcha, la expedición contactó con un indígena que había mantenido excelentes relaciones con los españoles en un pasado no leja-no, cuyo nombre en lengua pampa era Calquen, en castellano águila grande. Cuando se enteró del rumbo a seguir, en su precario castellano comunicó que marchaban en dirección al Río Pilcomayo que nacía en los contrafuertes monta-ñosos occidentales, donde vivían como nómadas los mataguayes, la tribu a la que otras de la región llamaban despectivamente “pies de ñandú”. Calquen, les dijo:

―Es una enorme llanura que limita muy al norte con los llanos del Mamoré una extensa área de bosques tropicales y al sur con las pampas. Está habitada por indígenas muy belicosos y crueles. En la llanura llueve mucho y el calor es inso-portable. Los ríos que la atraviesan son el Pilcomayo y Bermejo cuyas nacientes están en las montañas del Tahuantinsuyo, el Estado poderoso donde está la sierra de la plata. El nombre chacu lo pusieron los quechuas y quiere decir: país de las cacerías, porque existe gran variedad de animales, unos con carne co-mestible y otros carnívoros peligrosos.

La sola mención de la tierra de la plata excitó a Monteclaro, incitándole a reini-ciar la caminata para llegar, lo más antes posible, a la montaña que estaba se-guro haría ricos a todos los expedicionarios. Siempre hacia el noroeste, reinicia-ron la aventura tratando de ignorar el calor, el terreno anegado, la picadura de los mosquitos y el temor de toparse con alguna tribu de indígenas agresivos.

Dos días, después que el jefe decidiera caminar más de noche que de día, los cansados andarines vieron delante de ellos, a poca distancia, los destellos de una gran hoguera a la que se acercaron con mucha precaución, cuidándose de no causar algún ruido que podría delatar su presencia. Monteclaro no quería enfrentar a los que estuvieran alrededor del fuego, sólo quería saber quiénes y cuántos eran. Calquen que eventualmente hacía de guía, estuvo de acuerdo en no provocar un encuentro, antes de identificarlos. El jefe dispuso que sólo Cal-quen con dos hombres se aproximarían lo suficiente al lugar de proveniencia de los destellos.

El indígena, como todos los nativos, era muy sigiloso, contrastando con la tor-peza de los castellanos, uno de los cuales era Gilsote y el otro un extremeño conocido como Fadrique. Con sumo cuidado llegaron a una colina desde la que era posible observar la hoguera, habían avanzado las últimas varas reptando. Cuando llegaron a la cima de un otero fueron sorprendidos por los nativos que en grupo, posiblemente, trataba de incorporarse a la reunión celebrada en tor-no a la fogata. La resuelta y súbita acción de los indígenas tomó de sorpresa a los blancos, no así a Calquen, impidiéndoles reaccionar; el ataque sorpresivo dejó muerto a Fadrique, mientras desaparecía el guía en las sombras de la no-che y Gilsote caía en poder de dos robustos indios.

En instantes los captores avisaron con gritos la captura de un intruso, al cente-nar de hombres, mujeres, ancianos y niños que descansaban haciendo ruedo a un amplio fuego. La mayor parte de los indígenas salió chillando ferozmente por todo lado en busca de otros husmeadores, pero sin encontrar a nadie, debido a que el resto de la patrulla había espectado lo sucedido y retirado con la rapidez que impulsa el miedo.

Gilsote fue golpeado y empujado violentamente hacia la gente, que cuando lo tuvo a su alcance, se ocupó de quitarle sus ropas vociferando, de tal manera, que la víctima no pudo darse cuenta real de lo que le sucedía. Casi paralizado por el terror, no ofreció resistencia alguna, sólo atinó a resguardarse de los gol-pes que le propinaban en la cara y cabeza. No tardó mucho en perder el cono-cimiento.

Las luces del amanecer despertaron a Gilsote, cuyo cuerpo desnudo y atado como un ovillo, había permanecido la noche entera acostado sobre el suelo; sin embargo, no sintió dolor alguno ni molestia por dormir sobre la dura superficie del escampado, donde todavía humeaban los restos de la hoguera. Cuando to-mó conciencia de lo sucedido, giró la cabeza y vio a sus captores. Eran muchos indígenas casi desnudos. Gilsote se irguió del suelo donde había pasado la no-che. Cuando aguzó la vista evidenció que los indios mayores, hombres y muje-res, sólo llevaban como ropa una corta prenda parecida a camisa que no llega-ba a cubrir el ombligo. No vio tienda, carpa u otra estructura parecida a vivien-da o simple cobertura contra la intemperie.

Nunca supo que le decían las mujeres y niños que se agolparon a su alrededor, para gritar en una lengua extremadamente aguda que parecía herirle el cere-bro; tampoco pudo entender por qué le golpeaban con puños y patadas, aún cuando estaba maniatado e indefenso. A media mañana, cuando los grupos todavía se alternaban para agredirle, apareció un indígena coronado con colori-das y largas plumas, portando un pequeño tronco, acompañado por otros tres individuos de apariencia similar pero sin las mentadas plumas.

Al ver al hombre desnudo que yacía ensangrentado y casi muerto de miedo, los indios hicieron, supuestamente, algunos comentarios en su incomprensible len-gua, aumentando el terror que sentía el prisionero. Creyó que la decisión de ese conciliábulo debió ser mantenerle con vida, para que sirva de alimento en caso de necesidad. Lo cierto es que, desde ese momento, lo alivianaron de sus ataduras y pudo caminar por el campamento como uno más de los miembros de la tribu, con los que ya estaba, de entrada, identificado por su completa desnudez.

Su necesidad de alimento le llevó a merodear los lugares donde las mujeres asaban carne, teniendo en su entorno a los miembros de la familia aguardando recibir la parte que le correspondiese, pero sin poder precisar la clase de carne que era cocinada. Vio luego cómo se distribuían trozos asados a las llamas y presenció antojado cómo los engullían, sin tener perspectiva de recibir una ra-ción. A medida que los comensales terminaban sus raciones, se iban des-haciendo de huesos y cueros, arrojándolos lo más lejos posible, sobre los que caía Gilsote para calmar su hambre. Desde ese momento adoptó la forma de obtener alimento, para no morir de inanición, sin pensar cuánto tiempo duraría ni siquiera imaginar otra forma de conseguir alimento.

Al principio el joven español, intentó conservar el registro del calendario, pero poco a poco se fue dificultando llevar debida cuenta del día y la fecha en que se encontraba, hasta olvidar por completo el día, mes y hasta el año. A medida que avanzaban los días iba reteniendo algunas de las palabras, con las que se comunicaban sus captores y empezó a usarlas con relativo éxito, a medida que los indígenas parecían olvidar que era un prisionero, para tratarlo como uno de los suyos. Los niños fueron quienes más próximos le recocieron como amigo, porque les enseñaba simples juegos de manos para tenerlos ocupados, mien-tras los mayores iban en busca de comida, siempre animal con alguna ingesta de yuca. Su problema de ropa fue resuelto pronto, cuando un anciano que había fallecido en el monte, fue descubierto por Gilsote y al que arrebató su corta vestimenta, con lo que parecía un hombre más de la tribu, porque el color de su piel oscurecía con facilidad y sólo le diferenciaba de los demás guaraníes su cada vez mas larga barba, por tanto era un ivy pora más.

Rápido el ex prisionero se dio cuenta que estaba en un pueblo que vivía prepa-rado y preparándose continuamente para la guerra y que todos los otros pue-blos vecinos, eran potenciales enemigos en determinadas circunstancias; aun-que, el adversario declarado era siempre el conquistador español. Se enteró además que entre los pueblos autóctonos existía una especie de diplomacia que los mantenía informados sobre los sucesos trascendentales en cada grupo humano. De ahí que los nativos se referían a la sierra de la plata, asegurando su existencia. Las relaciones entre pueblos o tribus se establecían a través de un solo idioma, que Gilsote suponía era el guaraní similar al que utilizaba la tri-bu que le retenía. Sin embargo, algunos miembros de la tribu eran requeridos para comunicarse, cuando recibían algunas visitas cuya lengua era diferente al guaraní. Los que hacían de interpretes utilizaban el quechua como lengua del Estado más poderoso, cuya influencia se extendía, al parecer, por toda esa par-te del continente. Suponía el cautivo que alguien en cada pueblo tenía conoci-miento suficiente del quechua para relacionarse, a través de una lengua común, con cualquier otra etnia.

Con el tiempo se fue enterando de los ejercicios continuos de la especie de mi-licia que tenía la tribu, de donde salían hábiles combatientes. Supo a la vez que la tribu mantenía un ejemplar sistema de seguridad, basado en la sustentación de estrecha vigilancia alrededor del campamento sedentario unas veces y otras nómada, bajo estricta disciplina militar a cargo de un cuerpo de guardia que, en el día, se ubicaba en lo alto de los árboles y en la noche correspondía a muchos centinelas y espías distribuidos en dos y más leguas a la redonda, los que da-ban aviso inmediato de cualquier novedad usando pitos, para que los hombres sean alertados y prevenidos con prontitud, a fin de que los guerreros tomen sus armas, cuando se detectaba la presencia de enemigos, mientras las familias buscaban los lugares, previamente acordados, para refugiarse sin sufrir iguales consecuencias que los combatientes.

Cuando los nativos se detenían en algún lugar, tanto hombres como mujeres, se ejercitaban disparando el arco, para mejorar su destreza. Además del arco usaban gruesos y duros palos como macanas y cuchillos construidos con las quijadas, agudas como sierras, de palometa también llamada piraña, un pesca-do que abundaba en aquellos ríos. Dichas quijadas, eran engastadas en varas de madera y con ellas podían degollar a un hombre con facilidad y presteza. Así estaban seguros de estar preparados para rechazar cualquier agresión y tam-bién atacar con salvaje crueldad, intentando matar en el primer encuentro a todos quienes se ponían a su alcance, excepto a los muchachos reservados pa-ra criarlos de acuerdo con sus costumbres y aumentar el número de individuos de la tribu, casándolos con sus hijas. Dejaban también con vida a las mujeres adultas tomadas prisioneras, para venderlas a otras tribus donde servían como criadas.

Gilsote pronto comprendió el motivo por el que todavía estaba vivo, cuando una noche un indígena maduro lo tomó con fuerza de un brazo y lo arrastró hacia un sitio donde yacía una joven, posiblemente su hija, obligándole a copular con ella, de la misma manera que lo hacían todos, sin esconder su intimidad. Desde ese día, el joven marido era convocado para ejercitarse con el arco, la macana y el cuchillo. Su falta de destreza le ocasionaba castigos, con varas delgadas. Ya era un nuevo miembro de esa comunidad guaraní, sin siquiera conocer sufi-cientemente la lengua con la que se comunicaba, pero sabiendo que la joven se llamaba Yibuti.

Ella le había dicho rojaijú, que significaba te amo, como única fórmula del en-lace celebrado que duró poco hasta que Flor, a la que Gilsote llamaba cariño-samente Lola, desapareció en la floresta con un joven guerrero quedando el matrimonio concluido, sin consultar al aparente marido.

Antes, también sin su consentimiento, le habían tatuado en hombros, brazos y espalda, utilizando como instrumento las puntas del pez llamado raya. Lo que mayor impresión le causaba eran los agujeros en el labio inferior, donde metían un barbote o pendiente de madera, al que llamaban mbela, que de ordinario significaba el ingreso a la edad de guerrero o un reconocimiento por compor-tamiento destacado en el campo de batalla o la lucha con el yacaré, esa especie de cocodrilo cuya caza era la forma tradicional para demostrar valor y comer su agradable carne.

Llamaban yacaré al caimán de gran tamaño, siempre dispuesto a feroz acome-tida, sin posibilidad de que suelte la presa cogida, debido a la forma de sus dientes: los de arriba puntiagudos para encajar en los inferiores. Estos feroces reptiles carecían de lengua, por lo que salían a las playas de los ríos donde vi-ven para ayudarse en la digestión, poniendo el vientre al calor de los rayos so-lares. El yacaré come lo que encuentra, ingiere todo aquello que se pone por delante: hombre o bestia. En cuanto a su aspecto era imponente cuando cami-naba con paso ligero, siempre en vía recta, aunque era lento al revolver. Estaba cubierto de escamas durísimas; pero no obstante, los indios los pescaban en el agua tomando una estaca aguda por ambas puntas, atada mediante una cuer-da gruesa, larga y fuerte con la que nadan para encontrar al reptil, al que aco-metían metiendo la estaca dentro su enorme boca y clavarla. El animal moría ahogado, porque, al no tener lengua, no podía contener el agua que ingresara por sus fauces.

La extraordinaria fuerza del reptil era equilibrada por el indígena que, para re-ducir los atroces vuelcos que realiza en trance de morir, lo ataba a un grueso árbol. Una vez desaparecido el peligro que representaba, los aborígenes le ex-traían las glándulas sudoríficas debajo las patas delanteras. Al principio era un líquido, una sustancia de tufo fuerte y persistente de fetidez muy desagradable que irritaba la nariz, pero se convertía, posiblemente por su contacto con el aire, en fragante parecido al almizcle de olor perdurable que también retrasaba la evaporación de sus fragancias. Los naturales del Chaco, así, se surtían con creces de un elemento neutralizador de los aromas biológicos desagradables.

El joven español, convertido en guaraní, extrañaba mucho el trato con sus ami-gos: hablar castellano, cultivar esperanzas y elaborar planes para cuando vol-viera a su tierra repleto de riqueza, pero mientras llegaba el día de volver a Es-paña, trataba de hacer vida sin contratiempos; ya se había acostumbrado a las marchas forzadas, por lo que la vida con idas y venidas ya no fue problema pa-ra él. Por otra parte, le satisfacía beber el jugo de esa hierba excepcional, obte-nida del hermoso y agradable árbol, cuyas hojas asemejaba a las del laurel eu-ropeo, que vio muchas veces utilizar como medicina emplástica para tratar miembros contusos o quebrados, gustaba las verdes hojas tomadas en infusión con agua fría tereré o con agua templada yerba mate, en idioma del Paraguay caiguá, expresión derivada de los vocablos guaraníes káa (yerba), y (agua) y gua (procedencia), lo que se puede traducir como agua de yerba, generalmente sola y ocasionalmente acompañada con otras yerbas tanto aromáticas como medicinales. Se acostumbró al mate del vocablo quechua matí, que significa calabaza, porque el recipiente para beber mate suele ser hecho de calabaza o porongo que sirve de recipiente para preparar la infusión y sorberla a través de una cañita denominada tacuarí, en cuyo extremo se coloca una semilla ahueca-da que hace las veces de filtro.

Un día, cuando hacía años que la tribu subsistía a la vera de un arroyo, y poco tiempo después de la separación con Flor, Gilsote fue abordado por su ex sue-gro, un aña o diablo, quien lo amonestó por haber tomado otra mujer, hacién-dose muy difícil revelar que él había sido el abandonado; su nueva mujer se llamaba Ñasaindy. Furioso porque la explicación no le satisfizo, el padre se sin-tió ofendido y recurrió a la fuerza para castigar la osadía del joven contra una persona de más edad. Acompañado por varios guerreros, atrapó con dureza al ex yerno y lo condujo, ayudado por sus acompañantes, al río cuyas aguas escu-rrían plácidamente a distancia apreciable del campamento y que estaba plagado de yacarés.

Vanas fueron las súplicas del aterrado joven, sabiendo cómo intentaban sancio-nar su comportamiento con Flor. Mientras era conducido lanzaba estrepitosos gritos que, extrañamente, parecía que nadie deseaba atender. Pese a su deso-lada situación y la ninguna atención que recibía de quienes lo habían aceptado como uno de ellos, Gilsote continuaba con sus explosivas demostraciones. Cuando llegaron a la orilla del torrente, donde percibió la gran cantidad de ya-carés que parecían dormitar en la amplia playa, a la que los hombres empeza-ron a azuzar, mientras otros lo retenían fuertemente apoyado a un grueso ár-bol, preparando otros dos las lianas con las que esperaban atarle al tronco. Gil-sote pataleaba, gritaba y se retorcía sin alcanzar un viso de piedad, sabiendo que su cuerpo sería desgarrado por los enormes colmillos del reptil.

La poca fuerza que le quedaba, no era suficiente para desprenderse de las fuer-tes manazas que pretendían inmovilizarle contra el tronco, ni la garganta podía emitir alaridos de socorro, el terror empezó a paralizar sus brazos y piernas sumiéndole en un estado de letargo que adormecía todo su cuerpo. Su cabeza y algo al interior del pecho parecían hervir, como si hubiesen sido expuestos al intenso fuego de una enorme hoguera que de improviso le impidió pensar, des-plomando su voluntad en los garfios del espanto extremo.

Cuando esperaba lo peor, escuchó el inconfundible silbido de la bala de un ar-cabuz que se incrustó en la corteza de un árbol cercano. El sonido fue suficien-te para que los indígenas abandonaran su presa en precipitada huída. Era una patrulla española que había escuchado los estruendosos gritos en castellano y acudió presurosa para ver un cuadro inesperado: un hombre blanco casi des-nudo, arrastrado por varios salvajes hacia un árbol, cerca del cual se entremez-claba cantidad apreciable de yacarés, con las fauces en apronte para desgarrar lo que pudieran encontrar.

Los indígenas, en su huída, soltaron al desnudo que cayó estrepitosamente al suelo, convulsionándose como si todavía estuviera aprisionado. Cuando un sol-dado se acercó al caído le preguntó:

― ¿Sois cristiano? ¿Qué pretendían hacer con vos esos bárbaros?―. A las pre-guntas sólo hubo una respuesta dada en alta voz:

― ¡Gracias Señor! ¡Gracias Madre mía!―, después no pudo pronunciar palabra, sus ojos parecían abandonar sus cuencas, a tiempo de ir perdiendo sensacio-nes.

Gilsote despertó mullidamente acostado en un jergón de cuero, cubierto por una gruesa y áspera manta, pero dentro de un ambiente cubierto por muros y techo. Su alegría fue indescriptible. Cuando lo visitó un barchilón, se enteró que había vivido diez años y medio con los guaraníes. Existía nuevo gobernador en Asunción y se sabía que miles de personas, llegadas de todo el mundo, explo-taban grandes cantidades de plata en la sierra de la plata, en la montaña lla-mada Potosí y que en breve plazo sus faldas se habían convertido en la ciudad más grande y prospera del Nuevo Mundo y la segunda del Mundo entero. La noticia no lo hizo feliz, porque pensó que se alejaba de la riqueza que era, para él y para todo castellano, motivo de su presencia en las tierras descubiertas por Colón. Fue enterado que, de todos modos, seguían las expediciones para repar-tir tierra entre los muchos españoles que día a día llegaban a esas tierras, co-menzando a llamarse América. Le contaron que Asunción había crecido mucho, aunque parecía disminuida respecto a Buenos Aires que empezaba a ser más importante. Supo también que durmió durante tres días.

El Capitán Don Felipe del Carpio, comandante del puesto Santiago, llamado así en honor al santo de Compostela, fue indulgente con Gilsote, permitiéndole permanecer inactivo dos días más antes de reincorporarse al servicio, al cabo de los cuales le asignó tareas de avituallamiento de una expedición rutinaria hacia el noroeste, junto a otros dos hombres que le parecieron generosos y caritativos, a la vez que gentiles y simpáticos, especialmente quien cumplía fun-ciones de cocinero, siempre dispuesto a darle algo para probar, mientras estuvo en cama. El retorno casi inmediato a los bosques no le causó gracia alguna al recién liberado.

Desde que le comunicaron su destino, Gilsote empezó nuevamente a sentir miedo, agrandado por su experiencia; aunque, no dejó de fantasear deseando quedarse en cama por mucho tiempo o que su cuerpo se hiciera inmaterial, sin que no existiera potencia alguna para retenerle fuera de ella. La fantasía obra-ba poco a poco sobre su mente ingresándola en un estado etéreo, incorpóreo y volátil, perceptible únicamente por los manantiales de sudor que emanaba su maltrecho cuerpo. Después se percató que cada vez que recordaba la decisión del comandante del puesto, se le nublaba la visión, dejaba de pensar y sentir, deseaba sólo permanecer acostado y durmiendo.

Por más esfuerzos que hacía Gilsote, no podía explicarse por qué su mente no sentía ningún sentimiento en la víspera de partida de la ronda, a la que había sido asignado; aunque, su corazón le hacía percibir un futuro sombrío con múl-tiples y diferentes alucinaciones, a medida que se acercaba el momento de par-tir. Con toda la mala gana del mundo se aprestó a la caminata, revisando el equipo que debía transportar, junto con su comida y agua para dos días, como disponía la norma militar. La patrulla no era numerosa, aparte de Hormando, Telésforo y Agustín el cocinero, iban otros tres hombres. El jefe era Eustaquio de Rivadeneira, un viejo soldado con cara de muy pocos amigos.

Los demás también tuvieron muy poco tiempo para prepararse, todos estaban preocupados por cambiarse, vestir prendas viejas y delgadas, tomar precaucio-nes respecto a sus botas y también en cuanto a los trozos de charque y vasijas de agua dulce. Todos estuvieron arreglándose hasta medianoche, mientras Gil-sote, antes del crepúsculo ya estaba en cama, durmiendo sin poder mantener-se despierto, los movimientos de sus compañeros producían ruidos que desper-taban eventualmente al dormilón para de inmediato tener la precaución de no despertar completamente, por temor a no volver a quedarse dormido.

La excursión fue como siempre dificultosa, por los lodazales que debía atrave-sar el grupo; pero, sus miembros eran antiguos soldados, compenetrados en el espíritu de sacrificio que imbuían los superiores. Caminaban muy juntos para prevenir sorpresas indeseadas, comunes cuando los hombres se distanciaban unos de otros, facilitando el ataque audaz de los guaraníes a los más alejados del núcleo. Hablaban solamente lo indispensable, porque conocían las faculta-des auditivas de los nativos del bosque. Estaban convencidos que la patrulla podría cumplir su objetivo de mantener expedita la vía que comunicaba el pues-to con la lejana Asunción, por eso trataban de no cometer errores y volver sa-nos y salvos, sin encuentros inesperados. Gilsote, por su experiencia anterior, era el que mayor cuidado tenía durante la marcha, moviéndose sin causar ruido siempre atento a los sonidos que le llegaban desde atrás del follaje. Su ánimo se debatía entre el temor y la sospecha.

Cuando menos esperaban, sigilosamente apareció gran número de hombres desnudos, muñidos para tomar por sorpresa a los expedicionarios, ajenos al osado ataque. Eran más de veinte guerreros armados con grandes y gruesas macanas, a más de cuchillos. En un momento, la patrulla caminaba maniatada con una sola liana desprendida de un árbol elevado, tan fuerte que impedía mínima reacción de quienes se suponía debían caminar cautelosamente, dis-puesta a repeler cualquier forma de agresión.

Tardaron algo para llegar a un espacio abierto, despoblado de espesura donde reposaba la tribu, de inmediato los desnudaron y ubicaron tendidos de espaldas en posición adecuada para ser revisados por el cacique y su estado mayor. Grande fue la sorpresa de Gilsote, cuando vio acercarse al grupo a un hombre-cillo rechoncho, medio desnudo, con amplia cubierta de plumas de vistosos co-lores sobre la cabeza, de pequeña estatura, amplio abdomen, feo como el más grotesco de los monos, cabellera ondulada y espesa, gran cantidad de tatuajes en todo el cuerpo y con un enorme cilindro de madera que cruzaba de fosa a fosa su aplastada nariz. Era el personaje con mayor poder, en la tribu que le mantuvo por más de diez años lejos de su gente; le acompañaba un hercúleo y desnudo individuo, con piel color de chocolate oscuro, formas de simio de igual o mayor fealdad que el cacique y que, para la desgracia de Gilsote, era el padre de Flor la aparente esposa que le había abandonado y que ocasionó que el pa-dre reclamara airadamente, como si él hubiera sido el adúltero.

No podía haberle sucedido nada peor: apenas liberado de diez años de opresión volvía a la misma condición que tanto le había afligido. Su ex suegro le recono-ció de inmediato y avanzó amenazante sobre su víctima, cuya dentadura empe-zó a crujir con estrépito. Gilsote estaba perdido cuando sintió el horrible aliento de su antiguo pariente, era inconfundible el hálito peor que el de los ajos. El miedo le puso en estado febril de tal grado que imaginó sería sometido a crue-les tormentos por haber ofendido a su hija y al mismo suegro. No tardó mucho en verse acorralado por los yacarés, sin que tuviera mínima posibilidad de es-capatoria, cuando el simio comenzó a sacudirle, con tanta violencia que se le aflojó la vejiga, de tal manera que sintió mojada su cara, al mismo tiempo que el agresor le gritaba:

—Ahora verás desgraciado, no puedes rehuir tu obligación — decía—. ¿Esperas ser disculpado por tu irresponsabilidad, Gilsote?

Al oír estas palabras en castellano, el aterrorizado personaje abrió los ojos co-mo si fueran enormes portones. Su miedo le hizo remirar la situación que le agobiaba, de manera que pudo ver cómo el cocinero le zarandeaba por conti-nuar acostado en el jergón. Para su asombro el guisandero que más parecía un mono nauseabundo, le dijo, mientras Gilsote le miraba con la boca abierta, res-pirando agitado y totalmente humedecido:

—Si continuáis en cama, tendréis que dar cuenta de vuestra resistencia al co-mandante ―le dijo en tono amenazante.

Gilsote nunca se jactaba de ser hombre con algunas luces, pero todo lo que le ocurrió durante más de un década merecía ser comparado con lo que vivió los dos últimos días. Él había añorado mucho la cultura europea, sin embargo no pensó nunca en cuanto sigmificaba la civilización europea. Durante su cautive-rio había hecho lo que quería las más de las veces, por no suponer que siempre se manejó por sus instintos: comía cuando tenía hambre, no tenía definidas sus comidas, se llevaba al estomago lo que encontraba más cerca. Día y noche es-taba casi desnudo, lo mismo que las personas que le rodeaban, no tenía que preocuparse por su vestimenta, ni por su barba, ni por sus modales, ni por na-da.

Estaba convencido que evidentemente sentía terror ser nuevamente capturado, aún cuando se tratase de sólo una pesadilla, ocasionada porque el cocinero in-tentaba despertarle para que cumpla sus obligaciones, cuando por espació de más de 120 meses no debió inquietarse por la observancia de ninguna obliga-ción. Pensó en las situaciones horribles que le tocaron espectar respecto a la conducta de los indios, no parecían en su momento ser tolerables; pero, se preguntaba ¿Era tolerable tener que vivir cumpliendo normas? ¿Es placentero estar obligado con sus semejantes en cuanto a la ropa, la comida, las relacio-nes con su pareja, la disciplina militar, el comportamiento social, la iglesia? Las respuestas que él mismo se dio eran ignominiosas para cualquier cristiano: no era justo vivir sujeto a reglas y códigos de conducta impuestos por otros sin aquiescencia de uno mismo; no es agradable pensar primero en la convivencia social europea, antes de desenvolverse como hombre libre porque todo indivi-duo debe tener suficiente libertad para vestirse, comer, tener relaciones de pa-reja, cuestionar las órdenes de sus superiores, sobre todo para robar a los luga-reños, quitarles su comida y usurpar sus bienes, su oro, sus dioses. En esta posición recién aquilataba lo magnífico de ser libre, lo gustoso de ser un hom-bre que hace lo que quiere y no lo que quieren otros. Realmente se vio frustra-do, comparando sus últimos más de diez años con sus dos últimos días y llegó a una conclusión: la libertad es el mayor bien de los hombres, como es lo más deplorable utilizar armas de fuego para despojar a quienes viven sin hacer daño a nadie, respetándose a sí mismos.

Todos estos pensamientos le intranquilizaron tanto o más que a sus compañe-ros: Gilsote se estaba convenciendo rápidamente que vivió más feliz como sal-vaje que como conquistador. Aunque podría ser pronto un amyrÿi. Mejor como hombre libre que como soldado, obligado a obedecer las órdenes de un rey que nunca conoció. Por eso, en la primera oportunidad que se le presentó, dejó el arcabuz, su ropa y sus creencias para ir a buscar a los guaraníes y vivir con ellos, desnudo de todo, pero contento; sin tener remordimiento por mantenerse carente de ropas, con más satisfacción que tener riqueza. Aspiraba a la corta camisa que le mantendría desnudo, más que a la riqueza que podría darle un Potosí.