Summa
Rodolfo Acosta Castro
Durante la marcha del primer contingente dirigido hacia el Alto Perú, para consolidar el triunfo de la Revolución del 25 de Mayo, por la Junta de Gobierno y después de nuestro triunfo en Suipacha, mi sección de infantería encargada de garantizar la seguridad de la tropa, buscó de inmediato incorporarnos a la columna principal en expedición, pero nos sorprendió la noche y tuvimos que acampar en un sitio escogido por Achacu, ratón en español, como se llamaba nuestro eventual guía. Después de comer una ración seca, consistente en carne, papas y ocas secas, provistas por nuestro nuevo compañero, sostuvimos la siguiente conversación:
―Yo soy aymara ¿qué sois vosotros?―, preguntó encontrándonos completamente desprevenidos. Felizmente, gracias a la educación y conocimientos que mi padre compartió conmigo, pude salir del aprieto, recordando que nuestro gentilicio debía estar relacionado con el lugar donde nacimos. Entonces, pude responder:
―Nosotros somos rioplatenses, venimos del Río de la Plata y vamos a liberar de los españoles a nuestros hermanos del Alto Perú, que también son rioplatenses, yo me llamo Estanislao Pedro, pero puedes decirme Perico―, añadí para entrar en confianza. Mi frase: liberar de los españoles, me pareció llamar la atención del guía, por lo que de inmediato dijo:
―Me alegra oíros decir que liberareis a vuestros hermanos de los españoles, yo iré con vosotros hasta el fin del mundo, para liberar también a los aymaras de los cerdos cachupines ―, afirmó con alegría inusitada.
Después no cesó de hablar, contando muchas cosas, entre ellas que él hablaba aymara, quechua y castellano; aymara porque era su lengua nativa, quechua porque el Inca Huayna Cápac había incorporado al pueblo aymara al Tahuantinsuyo, cuya lengua era el quechua y castellano, porque los maditos españoles habían conquistado a su pueblo con enorme derramamiento de sangre y fuego de sus arcabuces. Yo pregunté, recordando nuestra frugal pitanza:
―¿Cómo secan la carne, papas y ocas? ¿Cuánto tiempo se pueden conservar?―, él respondió con una sonrisa en los labios:
―La carne es de llama que salamos y guardamos en habitaciones oscuras; a las papas secas les llamamos chuño y también tunta, hundimos las papas y las ocas en las corrientes de agua fría, próxima a congelarse, durante tiempo determinado. El chuño, la tunta y la oca tienen duración indefinida, están cocidas al frío―, dijo para luego preguntar―. ¿Os gustó nuestra comida?―. Mi respuesta fue afirmativamente agradecida.
―Yo igual que todos los aymaras e incas, odiamos a los españoles; porque además de ladrones son despiadados. Nuestros pueblos fueron trataron con cruel salvajismo, indigno de seres humanos. Como ejemplo de lo que os digo, os contaré la historia de un hombre que se llamaba Summa, bueno en castellano. ¿Queréis oírla?―, los cinco rioplatenses dijimos que sí.
Todos nos sentamos alrededor de la fogata que el aymara encendió fácilmente y le escuchamos lo siguiente:
Summa no recibía noticias. Si las hubiera tenido se habría enterado que casualmente habían hallado ricos filones de plata en un cerro del remoto altiplano. Los invasores hispanos, ávidos de riqueza, necesitaban brazos para extraerla. Después de la conquista, la corona española había dispuesto la encomienda y la mita para que los indígenas sojuzgados realicen toda clase de trabajo obligatorio y pesado.
Summa vivía en una pequeña casa, construida con el más puro estilo aymara, en un amplio valle bordeado de bajas colinas del inmenso territorio donde terminaba la jurisdicción aymara, cerca del caserío Kalamarca, o tierra con piedras, por el que corría el río Abrapampa Jawira, río en plano rodeado de colinas. Estaba apartado de todo camino, casi oculto entre altos arbustos que apenas dejaban entrever el cerco que rodeaba la vivienda techada y el corral descubierto. Summa era hijo único de una pareja de ancianos dedicados a sembrar papas, ocas y habas, criar llamas y pescar humantos y karachis algunas veces. Estos peces deben tener otros nombres en castellano.
Summa se sentía dueño y señor en aquellas tierras. Había nacido allí y pasado toda su existencia. Él era hermoso, tanto como el idílico sitio que habitaba a orillas del Abrapampa Jawira. Es cierto que, en parajes poco cercanos, vivían otras familias con mozos y mozas de su edad, pero él era el más apuesto y, por supuesto, el más engreído. No era hombre de estar en casa, en los sembradíos ni sitios de pastoreo. Toda la tierra era suya. Realizaba largas caminatas, diurnas y nocturnas, tocando animadamente la quena, como recuerdo de la cultura de sus padres, que siempre llevaba consigo. Entre los otros mozos de la comarca se movía con majestuoso desdén, ignorando a las mozas que no ocultaban admiración al verle; pues, se creía amo de cuanto caminara, volara o se arrastrara, incluidos sus alejados vecinos. Era hábil cazador de viscachas, curioso roedor, de una clase de cruce entre conejo y ardilla, y certero hondeador de lekelekes ave parecida al águila, pero de menor tamaño. Las periódicas visitas a Abrapampa Jawira, que corría cerca del solar paterno, le habían endurecido los músculos. La afición a sumergirse en sus aguas, para atrapar peces, era a la vez tónico y manera de conservar la salud y aguzar los sentidos.
Mamani, cóndor, padre de Summa, conservaba aire de la apostura de sus años juveniles, mientras que su madre Pankara, flor, reflejaba el ejercicio del largo trajinar de pastora. De ellos heredó su porte magnífico y sutil destreza. Ambos sentían cariño y orgullo por el hijo que, por su aislamiento, se consideraba el centro del universo. En sus veinte años había sido mimado por sus padres, crecido fuerte, esbelto, tornado arrogante y hasta egoísta. Sus efímeros vecinos criticaban su comportamiento y envidiaban la contextura de su cuerpo.
Sus abuelos habían llegado a las tierras cercanas a la extensa pampa, tierra plana en castellano, cuando los tiahuanacotas, asentados principalmente a orillas del Lago Titicaca, se esparcían por todo lado, para recolectar conocimiento sobre la sabiduría humana, los elementos medicinales y las maneras de prever el futuro, llevando sus propios logros a fin de inculcarlos en otras culturas, para ellos fraternas. Los aymaras de esa época de grandeza cultural y política, sólo invadían a sus vecinos en forma pacífica, de la misma manera fueron invadidos por los quechuas del Tahuantinsuyo, para formar el Kollasuyo una de las cuatro partes principales del imperio.
En el Imperio Inca, sucesor al tiahuanacota, se concebía al mundo compuesto por tres aspectos o planos, en una representación del cosmos y utilizando tres palabras: Uku Pacha (mundo de abajo o mundo de los muertos), Kay Pacha (mundo del presente) y Hanan Pacha (mundo de arriba, celestial o supraterrenal), a los que Summa invocó humildemente para que le prestasen la ayuda que nunca tuvo. Le pareció que las deidades del imperio destruido por la llegada de los españoles, había olvidado a sus creyentes.
La furiosa arremetida de los conquistadores no había llegado a esta familia; aunque, padres e hijo sabían de atrocidades cometidas, en otros lugares, por esos kharas desalmados de piel blanca.
Así era Summa, cuando el hallazgo de mucha plata arrastró a hombres de todo el mundo hacia el frío altiplano, mucho más al norte de la tierra de esta familia aymara. Pero el joven no imaginaba la aventura del noble metal ni sabía que Ñhojo, desgarbado, otro joven escuálido, pequeño y débil, le odiaba ciegamente, porque le tenía envidia. Ñhojo era además codicioso e inescrupuloso.
Los padres visitaban a unos parientes y Summa planeaba una excursión a la confluencia del Abrapampa Jahuira con otro río mayor. Nadie podía imaginarse que Ñhojo había informado a un español, cazador de hombres para las minas sobre Summa, su fortaleza de cuerpo e innata sagacidad. Sólo una khurukhuta, paloma, solitaria vio a Ñhojo llevar a Summa fuera de su casa para escudriñar unas presuntas viscachautanaca, cuevas de viscachas. No era posible sospechar que Ñhojo había pactado con el extranjero entregar a Summa, ni que por tal vil acción recibir una prenda de vestir roída por tiempo y uso. Rodrigo, el secuestrador de hombres, necesitaba jóvenes vigorosos para las duras faenas dentro de las minas de Potosí.
Cuando Summa se percató de la alevosa traición, era demasiado tarde. A una orden de Rodrigo varios españoles atacaron al muchacho. Sin embargo, reaccionó distribuyendo manotazos y patadas a diestra y siniestra. Súbitamente, sus fuertes músculos, desatados por la furia del engaño, se lanzaron contra el jefe de sus captores. En pleno salto, cuando sus manos iban a oprimir el cuello del hombre, Summa sufrió un golpe que le detuvo bruscamente. Sus mandíbulas se apretaron en dolorosa colisión. Giró su cuerpo sobre sí mismo y cayó de espaldas. Con un grito que era a la vez gemido y llanto, volvió al ataque pero un nuevo y demoledor garrotazo le abatió a tierra. Muchas veces cargó contra los hombres y otras tantas el garrote contuvo el ataque y lo derribó. Entonces comprendió que el origen de su dolor era la tosca arma, aunque su ira ya no tenía límites. Su enérgica defensa no dio resultado ante la superioridad del número de atacantes. Pasaron una gruesa cuerda por el cuello de la víctima, dejándole sin aliento. Fue reducido y maniatado después de inútil forcejeo.
Después de un golpe brutal, Summa pudo incorporarse a duras penas, demasiado aturdido para reiniciar el ataque. Avanzó poco y tambaleando, con el cuerpo ensangrentado, lanzó terrible rugido y se abalanzó sobre uno de sus atacantes. Pero otro de los hombres asió la cuerda que aprisionaba al joven y la sacudió con tanta fuerza que le hizo describir un círculo en el aire, antes de dar la cabeza en el suelo. Intentó atacar por última vez, pero el hombre del garrote descargó el golpe que, astutamente, tenía reservado: un fuerte garrotazo en la cara. Todo el dolor, hasta entonces sentido, fue nada comparado con la agonía que le ocasionó ese feroz ataque. Por fin Summa quedó en el suelo estirado y sin sentido.
Pasado un momento, el muchacho empezó poco a poco a recobrar lucidez, aunque no fuerza. Desde el suelo contempló la satisfecha expresión del inhumano español que le había abatido.
Ñhojo, silencioso testigo de la brutal agresión que había provocado, dijo amedrentado:
―Se llama Summa―, pero a nadie le interesaba el nombre de la presa.
El aludido recién comprendió que había perdido. Sabía ahora que no tenía defensa ante el invasor armado. El garrote revelaba su presentación en la nueva época: coloniaje y pérdida de libertad de los pueblos de aymara. Lo que debían sufrir sus hermanos de raza le había salido al encuentro. Entendió la lección: el hispano con su garrote era la ley, el brutal amo al que se debía obedecer.
Cuando recuperó el sentido, estaba todavía con la soga en el cuello, pero con las manos atadas. Al darse cuenta los extranjeros que su víctima se recobraba, le jalaron de la soga hasta poner de pie, luego a latigazos le obligaron a caminar, sin saber él, dónde le llevaban. Sin estar plenamente conciente marchó larga distancia, azuzado por sus captores. Sólo la luna iluminaba los sitios donde se detenían, siempre a la fuerza les obligaban a sentarse en el suelo, al lado de unos bultos que no eran otra cosa que hombres, en las mismas condiciones que las suyas. Pasaron varios días sin recibir alimento, con todo el cuerpo cubierto de sangre reseca, días vio Summa llegar otros aymaras, generalmente jóvenes, siempre con las manos atadas y la soga al cuello, unos caminando dóciles y otros gruñendo y gritando como él había hecho. Los que resistían fueron sometidos de igual manera, por los mismos hombres, antes de ser transferidos a otro dueño. La operación se realizó sin ceremonia alguna: parecía una venta de ganado.
Cuando se reunieron algo más de cien prisioneros, formaron columnas de hasta diez cautivos encadenados. Maltrechos y hambrientos fueron conducidos hacia el Norte. Con mucha tristeza Summa dejó de ver aquellos parajes donde había nacido, crecido y creía ser amo y señor.
En penosas y largas caminatas, la maltrecha caravana, sufría diariamente los rayos del sol y los látigos del viento. Por la noche cuando los secuestrados descansaban, después de comer papa hervida y beber agua, el rigor del altiplano escarnecía a los prisioneros. Summa pronto advirtió que hacía cada vez más frío y muchas veces el agua y tierra saladas quemaban sus pies des-calzos. Lluvias persistentes les acompañaron en largos trechos. También cruzaron cerros cubiertos de nieve.
Para Summa la noción del tiempo transcurrido, desde su captura, ya no era perceptible. La fatiga y escaso alimento no permitían saber cuántos días y noches duró la larga travesía. Finalmente llegaron a un sitio para nuevamente cambiar de dueño. Allí permanecieron más tiempo del acostumbrado y se les proporcionó mayor cantidad de comida, con la intención de que presentaran mejor aspecto ante sus compradores. El negociante de hombres ofertaba su mercancía y analizaba las propuestas de otros españoles que, en calidad de propietarios de minas, ofertaban diferentes precios por los cautivos.
La prestancia, muy disminuida de Summa, no pasó desapercibida para los interesados en adquirir hombres fuertes. El primero que palpó los músculos del joven pagó, sin regatear mucho, su valor en brillantes monedas de plata pura. El joven, siempre atado de manos, tuvo que seguir a otro propietario.
Introducido en una estrecha bocamina recibió instrucción por señas del nuevo amo, sobre las tareas que le corresponderían realizar. Estaba destinado a recoger y cargar sobre sus espaldas grandes bolsas de cuero, que otros cautivos colmaban de pesadas rocas rellenas de plata. El continuo trajín era dificultoso porque debía caminar encorvado en las galerías de baja altura y casi a ciegas entre antorchas instaladas en trechos muy separados.
Si durante el viaje Summa no tuvo noción de los días transcurridos desde su captura, ahora le era imposible conocer el paso del tiempo, porque el transporte de las bolsas sólo era en el interior de la mina, sin asomar al exterior ni saber cuando amanecía o anochecía; condenado a respirar aire nauseabundo, no sentir otra vez el calor del sol ni contemplar los cambios de la luna. Vivía peor que una viscacha en su viscachautanaca. Tanta desventura le fue ocasionando progresiva amnesia de su pasado: sus padres, la tierra y el río, iban quedando atrás en sus pensamientos, sin poder alcanzar las añoranzas de su pasado. Sólo mantenía conciencia del presente: hambre, frío, cansancio. Nunca pensaba en el día siguiente, tampoco imaginaba el futuro. Era, igual que los demás esclavos, un cadáver en vida, un ente sin porvenir ni deseo de continuar viviendo. Cuántas veces imploró al dios Lupi, el sol de los aymaras, que le enviara la muerte. Cuántas veces intentó, sin suerte, encontrarla por su propia mano; aunque, era imposible, no había modo alguno para quitarse la vida.
Una noche, cuando las ampollas en manos, pies y espalda no le dejaban dormir, encontró por fin la forma de alcanzar la muerte, se dejaría morir de hambre, no tomaría al día siguiente la lahua, sopa espesa de harina de maíz, que era el único alimento que recibían los cadavéricos extractores de plata para los odiados españoles.
Al día siguiente no comió nada, desparramó la lahua en el suelo de la mina, no pudo precisar cuánto tiempo estuvo en esa tarea de recibir alimento y echarlo a tierra, cuidando que no fuese percibida por los capataces que solían pasearse por el interior de la mina. De pronto, sintió estar desplomado de espaldas, sobre el duro suelo de la mina, no en el sitio que había preparado con sus manos sangrantes, para que fuese una superficie de sólo tierra, donde descansaba cotidianamente su cada vez más demacrado cuerpo. De pie frente a él estaba un capataz, látigo en mano, ya le había azotado una o dos veces. Recuperó el sentido al sentir el dolor que le causaba el látigo, cada vez que se estrellaba sobre su piel. Sintió la cara y el pecho mojados con una espesa sustancia, era lahua que habían tratado de introducirle por la boca. Había fracasado en su intento, con perjuicio para él mismo; porque breve tiempo después, a latigazos le obligaron a volver a transportar en la espalda la áspera y pesada bolsa de cuero.
Pasado mucho tiempo Summa se dio cuenta que el esfuerzo realizado cotidianamente y la exigua alimentación que recibía, ocasionaron la pérdida de dureza y flexibilidad de sus músculos. La noche inmutable atrofiaba sus ojos. La soledad poblada de lejanos y cada vez menos perceptibles recuerdos, la oscuridad plagada de tinieblas y casi ningún trato con sus compañeros de infortunio le dificultaba ver, hablar y oír perfectamente; aún así, solía distinguir sombras esqueléticas, entender algo de lo que los demás repetían maquinalmente. Comprendió que habían transcurrido muchos años sin ver luz natural, trasladando bolsas de mineral sin poder identificar cuando llegaba el día o la noche. De su vestimenta, tejida con lana de alpaca, sólo quedaban jirones que, de ninguna manera, alcanzaban a cubrir su desnudez.
En una ocasión, cuando dificultosamente depositaba la consabida bolsa para que otro la trasladara al exterior de la mina, creyó escuchar una voz que le pareció lejanamente conocida. Desde entonces prestó atención a cuanta palabra escuchaba. No pasó mucho tiempo en percibir nuevamente esa sensación, pero esta vez observó detenidamente en las tinieblas a quien había pronunciado una imprecación en su idioma. Dueño de todo el tiempo para meditar sobre esa voz, pudo convencerse que no podía ser de otro que no fuera Ñhojo, el traidor que le había sepultado en vida.
Para no incurrir en error decidió preguntar cualquier cosa cuando volviera a cruzarse con el sospechoso. La oportunidad no tardó en llegar. Summa al entregar la bolsa para sacarla al exterior, interrogó:
―¿Está la bolsa muy cargada? ―. A lo que respondió una inconfundible voz:
―No, está igual cargada que de costumbre.
Los sonidos captados fueron suficientes para evidenciar que Ñhojo también había caído en manos de los verdugos de Summa y que seguía su misma suerte. Por enésima vez rememoró la traición de Ñhojo y el momento de su captura. Pero entonces sintió una sensación de alegría que ya no pudo abandonarle. Debía tomar alguna decisión contra su enemigo. Analizó con mucho cuidado sus posibilidades, hasta el último detalle. No postergó mucho convencerse del fallo concientemente determinado. Estaba obligado a no desaprovechar la primera oportunidad para saldar cuentas.
Un día de febrero del año 1664, cuando la ciudad de Potosí albergaba a más de ciento sesenta mil almas y celebraba las fiestas de la anata aymara o carnaval, el español propietario de una bocamina en el famoso Cerro Rico fue informado, por uno de capataces, sobre la misteriosa desaparición de un laborero. Como explicación del hecho, y para justificar un posible descuido de su parte, contó la siguiente leyenda: Pachamama, la Madre Tierra, dispuso que en la profundidad de las minas viva el Tío. Un ser sobrenatural ansioso por salir a divertirse en la superficie, especialmente en Carnaval. Buscando cumplir su propósito pedía ayuda a los mineros, prometiéndoles, engañosamente, guiarles hasta las mayores vetas de plata para que se hagan ricos; pero, cuando el ardid fracasaba, por temor y desconfianza de los mineros, el Tío se ensañaba con quienes no le secundaban y acababa emparedándolos, sin dejar rastro, en la pared de alguna galería, al interior de la Montaña de la Plata.
Los criollos que escucharon la narración de Achacu, se quedaron por demás impresionados, ante la crueldad inhumana de los conquistares, de los cuales ellos eran descendientes. Pero, se habían alistado en el ejército que impediría vuelvan a cometerse semejantes crímenes, contra seres humanos desprovistos materialmente de armas y espiritualmente de sed de sangre.
No bien empezaron a desaparecer las sombras de la noche y después de una ligera pitanza, siempre ofrecida por el joven aymara, los hombres se encaminaron en busca del ejército expedicionario, al que encontraron a medio día, con la satisfacción de contar con un sagaz guía. Estaba en camino la liberación de los pueblos originarios.
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