martes, 31 de agosto de 2010

EXTRAÑO SORTILEGIO de Rodolfo Acosta Castro

EXTRAÑO SORTILEGIO

Rodolfo Acosta Castro

Ramírez Soldán la notable familia, de vieja estirpe aristocrática, había encargado el cuidado de sus dos hijas a una nueva ama de llaves, en la hacienda cercana conocida como La Donosa; María de los Ángeles Torres de Álvarez había quedado viuda a la edad de apenas veintidós años de edad, sin recursos suficientes para administrar la vida de su familia, debiendo hacer esfuerzos increíbles para sostener a sus tres hijos: Armando, Alicia y Cristina. Sus penas fueron subsanadas en parte cuando Armando logró ser admitido como ayudante de mecánico en una estancia vecina. María de los Ángeles había temblado ante la idea de verse desamparada con tres hijos pequeños a su cargo, obligada a lidiar por la subsistencia de los suyos. Por eso, aceptó agradecida el empleo para ella y para su hijo. En pocos días se pudo encontrarla dispuesta a encarar, con mucha entereza, la lucha por la vida de sus hijos y de ella misma.

Sus empleadores felizmente, eran personas muy estimadas en aquella pequeña ciudad del Departamento San Justo, en la Provincia de Córdoba. Con sus problemas ya casi resueltos, la joven madre atisbó para la vida de su prole, un futuro auspicioso. Alicia, cuando llegó a los doce años fue tentada para trabajar en Córdoba, en casa de un hijo de la familia Ramírez Soldán. Con entera confianza en la familia que también la empleaba a ella, María de los Ángeles no tuvo inconveniente en permitir el alejamiento de su hija, pese a la preocupación de no tenerla cerca, se mostró agradecida porque sabía que Alicia asistiría a la escuela y se cultivaría para algún día cambiar de ocupación. Sus patrones le habían ofrecido ese futuro para la pequeña niña. Armando para entonces era el mecánico principal de la hacienda más mecanizada de la región, con perspectiva, a sus 18 años, de trasladarse a Buenos Aires para seguir un curso completo de su oficio. Cristina la menor de los tres hijos, estudiaba danza clásica, mientras cursaba la primaria, gracias a la generosidad de los Ramírez Soldán.

La vida se encaminaba plácida para todos en Las Varillas, mientras la pequeña ciudad progresaba a pasos agigantados, por lo que era frecuente toparse con gente recién llegada para enrolarse a las muchas empresas que se fueron creando, con muchas y halagüeñas perspectivas. María de los Ángeles, siempre comprometida con su función de ama de llaves para servir a Luisa Josefina y Rosa Encarnación, no tenía ojos para fijarse en nadie, a más de sus hijos. Sin embargo, un hombre de aproximadamente 40 años se había prendado de ella, al tener breve contacto con la familia en su condición de plomero, dos veces contratado para resolver problemas de aguas servidas en la mansión de los señores Ramírez Soldán. En ambas, había sido atendido por María de los Ángeles, con su peculiar trato respetuoso y agradable.

El plomero Agustín del Campo, era oriundo de Rafaela la hermosa ciudad de la Provincia de Santa Fe, donde desde muy joven había colaborado con su padre, también plomero de profesión, adquiriendo la experiencia que le sería útil cuando marchó a la capital de la provincia para ingresar, estudiar y recibirse como Técnico Superior en Plomería. Las excelentes perspectivas de trabajo le indujeron a trasladarse a Las Varillas, donde de inmediato se convirtió en el plomero más requerido por su pericia, conocimientos y responsabilidad.

Todo cuanto aquí se narra, sucedió en el marco dado por el surgimiento de las bellas artes que, por carencia de arte indígena, recibió fuerte influencia extranjera y demoró el levantamiento de un arte auténticamente nacional, manifestado luego en las bellas artes por Cesáreo Bernardo de Quirós, Fernando Fader, Pío Collivadino, Antonio Alice, José León Pagano, Benito Quiniela Martín; en la literatura por Leopoldo Lugones, Evaristo Carriego, Rafael Alberto Arrieta, Enrique Banchs, Ricardo Rojas, Arturo Capdevila, Enrique Larreta, Alfonsina Storni, Horacio Rega Molina, Jorge Luís Borges, Francisco Ruiz Bernández, Roberto Payró, Álvaro Yunque, Leonidas Barletta, Roberto Arlt, Horacio Quiroga, Benito Lynch, Guillermo House, Juan Pablo Echagüe, Pablo Rojas Paz, Eduardo Mallea, Manuel Mújica Láinez; en el teatro por Pagano, Payró, Belisario Roldan, con actores como: Enrique Muiño, Florencio Parravicini, Elías Alippi, Blanca Podestá. Todo en la época política dominada por los mandatarios de principios de siglo: Roca- Quirno Costa, entre 1898 y 1904; Quintana-Figueroa Alcorta, entre 1904 y 1910; Sáenz Peña-De la Plaza, entre 1910 y 1916; Irigoyen-Luna, entre 1916 y 1922; Alvear-González entre 1922 y 1928; Irigoyen-Martínez, entre 1928 y 1930 y después la crisis de 1930, iniciada con el asesinato de Carlos Encinas en noviembre de 1929, el 6 de septiembre de 1930 se produjo un golpe de Estado militar que triunfó para hacer presidente al general José Félix Uriburu, quien accedió a la presidencia y estableció una dictadura favorable a la oligarquía conservadora.

Agustín había sido casado por más de diez años, aunque sin llegar a ser padre. Su esposa, también vecina de la ciudad santafesina, padecía tuberculosis contraída desde muy niña, sin posibilidad de mejorar algún día. En uno de los centros médicos, a los que asistió después de casada, establecieron definitivamente la imposibilidad de curarla. Justo a los dos meses de su internación en una clínica especializada falleció. El esposo dolorido por la tragedia, tantos años soportada, no quiso permanecer en la casa que habitó el matrimonio, tampoco en la ciudad de Rosario, por lo que, cuando se enteró de las ventajas que ofrecía Las Varillas, decidió trasladarse definitivamente a la pequeña ciudad cordobesa.

Cuando conoció a la ama de llaves de la familia Ramírez Soldán, Agustín se mostró gratamente atraído por la sencillez, trato agradable y fina figura de María de los Ángeles. En su segunda visita a la casa, corroboró la impresión recibida por la belleza de quien se mostró tener muchas cualidades que hacían de ella una mujer sorprendente. Aunque la relación no pasó de las circunstanciales palabras referidas al trabajo de Agustín, quedó entre ellos una indescriptible sensación de conocerse desde mucho tiempo atrás.

Para María de los Ángeles, el plomero era sólo un hombre sugestivo, muy conocedor de su oficio y seguro de realizar un trabajo satisfactorio para sus cada vez mayor número de clientes. A sus 35 años no se la había ocurrido tener una nueva relación sentimental, pese a los trece años pasados desde la muerte de su esposo. La vida pasaba sin ofrecer novedades a las personas mentadas en esta historia, sin hacer suponer las venideras que deberían enfrentar a breve plazo.

Don Juan Martín Ramírez, abogado de profesión y hábil tertuliano, fue el primero en darse cuenta de los sentimientos del plomero hacia su ama de llaves, que comentados con su esposa, Doña Esther Genoveva Soldán, dieron como primicia el posible entendimiento de ambos para cambiar sustancialmente sus vidas, aunque los esposos no verían con agrado que María de los Ángeles abandonase su trabajo.

El retorno temporal de Armando dio oportunidad al plomero para acercarse a la familia. El joven estudiante, gozando de una breve vacación, llegó a Las Varillas con la preparación de un proyecto para diseñar el sistema de agua potable y servida, destinado a una vivienda, exigido como trabajo práctico en una asignatura que debía rendir a fin de año. Sus comentarios sobre las condiciones en las que tendría que sujetar la tarea, llamaron la atención de Agustín que sin ningún interés de por medio, ofreció ayudar al joven, aconsejando medidas indispensables para realizar un trabajo impecable. Armando, agradecido por la ayuda recibida, consultó con su madre si podía invitar a su amigo, a cenar algún día.

María de los Ángeles, no vio inconveniente alguno para acceder al pedido de su hijo, por lo que ella misma se encargó de hacer la invitación. A la hora establecida Agustín llegó a la modesta casa del joven estudiante, portando una torta selva negra para servirla como postre. La dueña de casa agradeció el gesto y de inmediato estuvieron en la mesa, degustando un exquisito plato de macarrones diligentemente preparado por María de los Ángeles, como eventual cocinera. Después del postre, tanto Agustín como María de los Ángeles relataron parte de sus vidas, para hacer agradable la reunión que tuvo duración más prolongada que la prevista.

Desde esa anoche, las visitas del plomero a la ama de llaves, se hicieron cada vez más frecuentes, con satisfacción de Cristina que, pese a sólo sus doce años, era una niña muy bella, despierta y sumamente alegre, inclinada a tratar toda clase de temas de conversación con demostración de agudo ingenio. La floreciente amistad establecida por su ama de llaves, no pasó desapercibida para los patrones de María de los Ángeles, quienes no tardaron mucho en expresar sus puntos de vista en presencia de su eficiente empleada. Como no podía ser de otra manera, los señores Ramírez Soldán, elogiaron los lazos de amistad y auguraron meta feliz a lo que calificaron como “relación simpática”.

La última en enterarse sobre el cauce que iban tomando las continuas reuniones familiares, fue María de los Ángeles, primero desorientada y luego interesada a llegar a buen puerto como alguien había sugerido. Con el apoyo de los señores Ramírez Soldán, los preparativos de una modesta boda, con presencia de los tres hijos, muchos vecinos y conocidos de la pareja, se realizó el casamiento en un marco de refinado gusto y tradición católica.

El nuevo matrimonio, de inmediato cambió de vivienda por otra algo alejada del lugar de trabajo de la esposa, pero en un sitio encantador, rodeado de otras casas ocupadas por gente de la clase media alta de Las Varillas. La presencia de la nueva pareja y sus dos hijas: Alicia y Cristina, fue celebrada por todos los adolescentes del barrio, que vieron en ellas a dos chicas muy dispuestas a brindar amistad desinteresada, estrechamente bien matizada por la habilidades de las dos menores: la danza clásica y la declamación poética, en la que Cristina parecía ser versada profesional pese a sus pocos años.

A los seis meses del matrimonio y cambio de domicilio, las niñas no se cambiaban por nadie, tenían cuanto podían ambicionar ellas y sus padres, sobre todo el afecto de los vecinos que veían en la familia el modelo de institución respetuosa y bien encaminada, soñada por todos y por pocos lograda. La llegada del invierno con días de intenso frío, parecieron culminar el 22 de julio de 2005, dos días después de terminada la vacación invernal en las escuelas, Alicia tenía una práctica, para un nuevo festival de danza provincial, razón por la cual puso en conocimiento de sus padres que su hermana menor Cristina estaría por espacio de más o menos una hora, sola en la casa, desde las 17:00 en que Alicia saldría a su práctica, hasta las 18:00 que llegaría Agustín de su trabajo, como todos los días, para esperar el retorno a casa de María de los Ángeles 10 o 15 minutos después de las 18:00.

Cuando Agustín llegó puntual en su coche a la vereda frente a su casa, como declaró horas después, notó algo raro: la luz de la puerta de calle continuaba apagada, posiblemente por olvido de Cristina que debía encenderla a la 18:00. En vez de introducir el vehículo al garaje, Agustín lo dejó en la calle y se encaminó al interior. La puerta estaba cerrada, con seguro por dentro. Agustín llamó con el timbre sin tener indicio de haber alguien dentro de la casa. Al no recibir respuesta a sus continuos llamados, decidió ingresar por la parte posterior. La puerta también estaba cerrada con seguro por dentro. Preocupado, apuró sus pasos y empezó a tentar abrir alguna de las seis ventanas de la planta baja de la casa, sin poder abrir ninguna. Ya temeroso buscó en el garaje una escalera, con la que abrió una ventana del primer piso, la ventana del dormitorio de Alicia. Penetró hacia el interior, llamando por su nombre a la niña que supuestamente se encontraba en la casa. No recibió respuesta. Bajó la escalera interna y llegó a la planta baja, donde tampoco hubo alguien que respondiera a sus llamados. Tomó el teléfono para llamar a la policía, y cuando iba a discar el número de emergencia, sintió que la puerta de la cocina se encontraba entreabierta. Dejó en su lugar el aparato y se encaminó hacia la cocina. En el interior había un descomunal desorden, nada parecía estar en su lugar. Girando los ojos a izquierda y derecha para ver, cuando las sombras ya alargaban las formas de las cosas, vio un bulto alargado casi junto a la mesa de diario. Era el cuerpo inmóvil de Cristina.

Cuando llegó la policía, hacían minutos que María de los Ángeles había retornado a su hogar. Marido y mujer, tomados de las manos, permanecían quietos y silenciosos sentados alrededor de la mesa. El cuerpecito de Cristina continuaba en el piso. Dos uniformados se agacharon para auscultar a la niña, no había duda estaba sin vida. Luego, aparecieron más uniformados y otros en traje civil, todos al parecer con una función específica, raras eran las cortas preguntas y respuestas entre ellos y menos el cambio de opiniones. Todos cumplían sus labores en silencio sepulcral. Quien parecía dirigir el grupo, ordenó después de haberse tomado muchas fotografías y haberse realizado comentarios en voz baja, retirar los restos de la niña y disponer que sus padres se trasladasen junto a los policías hasta la comisaría más próxima.

Esperaron hasta cerca a medianoche, intercambiando cortas frases que intentaban explicar lo sucedido, pero sin acceder a una suposición verídica sobre el horrible espectáculo del cuerpo de la niña, de apenas trece años, inerte acostada en el piso de una cocina, con todos sus muebles y utensilios desparramados. El ayudante del jefe, se acercó a la pareja y dijo:

─Por favor síganme―. Mecánicamente ambos se pusieron de pie y siguieron los pasos del policía hasta una oficina donde tres uniformados permanecían sentados. El jefe sin dirigirse a nadie en particular, ordenó:

─Tomen asiento y lean lo que tienen delante de ustedes.

En minutos habían leído todo el documento, que era una especie de declaración en la que narraban cómo encontraron el cuerpo desanimado de la niña. Concluida la lectura, recibieron la misma punta bola para firmarla. En seguida, el jefe les dijo esperaría a ambos al día siguiente a las nueve de la mañana.

Pese a la hora avanzada, muchos vecinos se encontraban formando grupos frente a la casa, cuando los vieron algunos se acercaron para hacerles conocer su apoyo y pesar por lo ocurrido. Dos policías de uniforme estaban entre los grupos. Una pareja trajo a Alicia que había llegado hacía muchas horas de su práctica de danza, la habían mantenido en su casa con sólo la escueta noticia de que su hermana menor había sido encontrada muerta. Cuando la tuvieron junto a ellos los esposos la abrazaron y cubrieron de besos, con lágrimas en los ojos.

Al día siguiente, el comisario Lamadrid sindicó directamente a Agustín como autor del asesinato de la niña, previamente violada y le sugirió llamar un abogado antes de ser indagado como único sospechoso. Ni él ni su esposa daban crédito a lo que oyeron, de nada sirvieron las protestas de ambos, la policía tenía convencimiento pleno que sólo alguien con llaves de la puertas de la casa podía haber entrado y salido con tanta facilidad. El doctor Joaquín Entreaguas, acudió presto al llamado de su amigo Agustín. Conversaron largo rato, sin llegar a nada concreto que pudiese desvirtuar la acusación. Por lo tanto, Agustín tuvo que permanecer detenido en una celda policial. Al día siguiente debía declarar ante un fiscal.

Desde el momento de su detención hasta siete meses después, la policía y la fiscalía no pudieron presentar una prueba concreta que pudiese justificar la detención del presunto violador y homicida, pero tampoco fue posible encontrar vestigio sobre la presencia de otra persona en la casa, durante el día del crimen. El caso parecía estar resuelto inculpando a quien fungía como padre de la menor, por su matrimonio con la madre. Sólo para Agustín y María de los Ángeles, se cometía un error escalofriante, aunque no existían indicios de ser otro el autor del crimen.

En los primeros días de marzo de 2006, la acusación estaba completamente armada, sindicando a Agustín del Campo como autor de los delitos de violación y asesinato posterior por asfixia, posiblemente con un cinturón en el cuello de la víctima. Estaba fijado el 10 de marzo, para que sea dada a conocer la sentencia. En todo ese tiempo, María de los Ángeles jamás dudó sobre la inocencia de su esposo. La justicia no presentó prueba concluyente contra el acusado; al no existir prueba fehaciente el juez optó por sancionar al único personaje que podía haber cometido el doble crimen. Algunos medios de comunicación de la provincia defendieron al supuesto homicida, otros lo acusaron. La opinión pública estuvo dividida, cuando se emitió la sentencia.

Pasaron cuatro años, al día siguiente del feriado del 25 de Mayo, se produjo un accidente de tránsito en la carretera usual entre la capital de Córdoba con la ciudad de Rafaela en la Provincia de Santa Fe. Las víctimas de la colisión de un bus interprovincial con un automóvil particular ocupado por tres hombres de mediana edad, fueron trasladadas a un centro de salud de la capital, con diagnóstico reservado. El conductor del automóvil fue quien mayor daño sufrió, respondía al nombre de José Santos Perdiel, de 42 años de edad, soltero, de profesión plomero, nacido en Rafaela. Pasadas más de 48 horas, la policía de tránsito de la provincia dio a conocer el estado de los heridos en el accidente, Perdiel tenía una grave conmoción cerebral, producida por un fuerte golpe en la cabeza. La lesión estaba acompañada por pérdida de conciencia, presumiblemente por el aumento de presión en el tronco cerebral, que tenía como síntomas principales: descenso de la velocidad o parada temporal de la respiración y ralentización del pulso, extrema palidez, sudoración y caída de la tensión arterial.

A las 24 de sucedido el percance, el herido más grave continuaba en terapia intensiva sin vestigios de mejoría, pero con extrañas exclamaciones invocando nombres y lugares que llamaron la atención de los policías que, en busca de conocer las circunstancias del accidente, seguían de cerca la evolución de los lesionados.

Informado el jefe de policía sobre las exclamaciones del señor Perdiel, dispuso que un auxiliar tome notas taquigráficas de cuanto expresaba el magullado personaje y que al ser revisadas eran frecuentes dieron a conocer citas de nombres, seguidos de prevenciones como: ¡Soy inocente, créanme por favor! ¡No soy culpable! ¡Quiero volver a mi casa! ¡Las Varillas!, etc. Según la autoridad policial existía evidente sugerencia a un hecho extraño, con utilización de palabras entrecortadas fruto posible de un estado de ánimo muy convulsionado.

No transcurrió mucho tiempo para que la policía relacione al herido con la violación y asesinato de la niña Cristina Álvarez, sucedido en mayo de 2004 y por el cual permanecía cumpliendo condena de 12 años, su padrastro Agustín del Campo. La notoria agravación del estado del señor Perdiel, permitió que la policía intensifique su investigación en torno a cuanto repetía el herido, inconcientemente, para llegar a la conclusión que mucho tuvo que ver con el deplorable suceso. Lamentablemente, la sospecha no podía avanzar o ser rechazada porque no existía posibilidad de mejora en la salud del herido.

Al comisario Lamadrid se le ocurrió una manera de obtener mayor información sobre lo sucedido, para lo que se trasladó a la prisión de Bower con la finalidad de indagar a Agustín del Campo sobre José Santos Perdiel que, casualmente, era plomero y paisano del presidiario. Sentados uno frente al otro, el comisario inició la conversación preguntando:

─ ¿Conoce usted a un señor de nombre José Santos Perdiel, plomero de profesión y vecino de la ciudad de Rafaela, es decir con mucha similitud a los datos generales suyos?─. El interrogado, después de breve instante, respondió:

─No, aunque sé de un paisano mío del mismo apellido que fue sospechoso de violar y matar a una menor, allá por los años ’98 o ‘99─, dijo para continuar, esta vez con aparente mayor seguridad sobre lo que afirmaba:

─No fue un hecho muy divulgado, me enteré del mismo a través de comentarios con colegas que conocían al sospechoso y porque pese a los esfuerzos de la justicia, sólo fue hallado culpable de merodear el domicilio de la víctima; aunque, con la extraña desaparición del sospechoso, antes de ser definitivamente absuelto─, opinó con seguridad, para dar lugar a otras preguntas del comisario.

─ ¿Hubo parte civil? ¿Los familiares de la víctima no presionaron para esclarecer el delito?

─Tengo entendido que los padres eran gente muy humilde, con muy pocos recursos para continuar la investigación, por ello tuvieron que conformarse con la desgracia, sin ánimo para exigir mayor dedicación de los encargados de seguir investigando, en aras de alcanzar la debida justicia. El poco interés demostrado por la policía y los tribunales, impidió mayor investigación, con la que podía esclarecerse la fechoría. Cuando desapareció el supuesto asesino, no hubo instancia que indagase sobre su paradero, todos prefirieron la huída a la condena de un inocente.

Mientras así se expresaba, el comisario pensaba que el condenado sabía mucho más de lo que comentaba sobre ese caso, razón por la cual exponía detalles talvez menos conocidos por la justicia, motivo por que siguió indagando:

─ ¿Sabe usted algo más sobre el señor Perdiel o algo más que le hubiese sido comentado con relación al hecho?

─Creo que no, pero si me permite podría intentar recordar algo más de lo que escuché comentar, si me da tiempo hasta mañana, posiblemente tendré pormenores que ahora no recuerdo─, dijo en tono convincente.

Interesado en saber mayores detalles, el comisario, antes de despedirse, aceptó la propuesta seguro de recibir mayor información adicional, cuando hiciese saber al prisionero, sobre el accidente del señor Perdiel, su estado crítico y sus manifestaciones inconcientes. No bien llegó a su despacho, se comunicó telefónicamente con la policía de Rafaela, solicitando información sobre José Santos Perdiel, la misma que le fue proporcionada de inmediato

Al siguiente día y a la misma hora, el convicto estaba frente al comisario, escuchando decir:

─El señor Perdiel, acusado de violar y asesinar a la niña Rita Escudero, hace unos días sufrió un accidente de carretera, se encuentra internado, con muy poca probabilidad de recuperar la salud, ya que el daño sufrido en el cerebro es muy severo─. Ante semejante declaración, Agustín del Campo, cambió radicalmente de compostura, para después de pensar un momento expresar:

─Ahora recuerdo, un conocido que me visitó durante el juicio, me dijo haber visto acá, en Las Varillas, a José Santos Perdiel, aproximadamente en la fecha del asesinato. Sin ánimo de especular, me permito solicitar se investigue si pudo estar en esta ciudad el día y a la hora que se produjo la violación y asesinato de mi hija Cristina, lo que podría demostrar la posibilidad de existir otro sospechoso, con mayor perspectiva de ser culpable, porque anteriormente fue sospechoso del mismo delito. Le ruego señor comisario me disculpe, pero me es imprescindible preguntar: ¿Qué se supone utilizó el asesino de Rita Escudero para asfixiar a su víctima?─, peguntó, convirtiéndose de interrogado a interrogante. El comisario que ya se había informado exhaustivamente sobre aquel suceso, respondió:

─Utilizó también un objeto de cuero con aproximadamente entre 4 a 5 centímetros de ancho, igual al usado en Las Varillas.

Un silencio por demás expresivo de la tensión originada por el desenvolvimiento de la conversación, culminó antes de finalizar la entrevista. El comisario, sin hacer demostración alguna, sintió estar en buena posición para resolver dos ilícitos no desentrañados. Mientras retornaba a la sede de sus funciones fue diseñando desenlaces, mediante los cuales se podría vincular ambos hechos cometidos por la misma persona. Cuando ya no cabían dudas, estuvo dispuesto a informar a la justicia sobre sus conclusiones.

A primera hora del día siguiente estuvo reunido con el fiscal y juez que, años atrás, habían participado en el proceso que condujo a la cárcel al presunto criminal Agustín del Campo. Las conjeturas, debidamente respaldadas, hicieron también carne en los magistrados, hasta el punto de proponerse la revisión del proceso contra del Campo, previa la clara intención de reconocer haberse cometido un error, por el cual un inocente estaba en prisión, purgando un delito que no cometió.

Como el caso aconsejaba, casi de inmediato se tomaron las medidas para la rápida excarcelación del inocente, obviándose inclusive algunos pasos determinados en el código procesal penal vigente. “Ningún esfuerzo será suficiente”, había declarado el Presidente del Tribunal Superior de Justicia la Provincia de Córdoba, a los medios de comunicación de todo el país.

El injustamente condenado, junto con su leal esposa y afectuosos hijastros, a los que siempre había considerado hijos propios, empezaron a planificar el encuentro familiar, con una celebración a la que estaría invitada toda la población de Las Varillas, como anunció el periódico Vivencias. La fecha fijada para el acontecimiento estaba cerca y ya era notoria la satisfacción, en todos los círculos sociales de la ciudad, por la enmienda judicial.

Víctor Manuel Martínez, un joven detective recién egresado de la Escuela de la Policía Federal Argentina, especializado en Seguridad de Pericias, había solicitado trabajar en Las Varillas, ciudad en la que había nacido su novia Alicia Álvarez. Se había interesado completamente en el crimen perpetrado contra la hermana menor de Alicia, cuyos procedimientos investigativos no le parecían adecuados ni muy claros. Al mismo tiempo creía conveniente formar familia en Las Varillas, con la finalidad expresa de radicar definitivamente en tierra de los padres de su novia, como expresión de afecto hacia la maltratada madre, por la luctuosa contingencia que tuvo como supuesto responsable al padrastro de Alicia, en esos momentos cumpliendo dura condena.

Interesado en la completa demostración de la inocencia del padrastro de Alicia, el detective dedicó todo su esfuerzo para probar la injusta condena. Creyó imprescindible, en primera instancia, averiguar sobre el nuevo supuesto autor de los crímenes imputados al señor del Campo, por lo que obtuvo autorización para estudiar el expediente edificado sobre el señor José Santos Periel, que en esos momentos continuaba en estado crítico en un hospital de la ciudad de Córdoba, bajo estricta seguridad policial.

De inmediato se sorprendió por las determinaciones precipitadas del comisario Lamadrid, influenciadas claramente por las declaraciones del señor del Campo; por lo que omitió todo lo averiguado y buscó nuevas fuentes para corroborar o desahuciar la información recogida. Rápidamente se trasladó a la ciudad de Rafaela, cuna de ambos personajes vinculados al caso de Cristina. Con ayuda de la Policía Federal empezó a realizar las comprobaciones indispensables sobre lo manifestado por el señor del Campo al comisario Lamadrid, encontrando que el señor Periel evidentemente fue acusado de violar y asesinar a una niña llamada Rita Escudero, aunque las circunstancias del hecho no estaban claras para la policía en sus primeras diligencias. Constató que quien había proporcionado información contra el presunto criminal fue un colega suyo, al declarar haberse cruzado con Periel quince minutos antes de cometerse los delitos, en un sitio cercano al lugar donde se perpetraron. Le causó intranquilidad enterarse que esas declaraciones no habían sido debidamente comprobadas.

Sobre la base de la presencia cercana de Perdiel, se tejió una trama en la cual se continuó utilizando datos proporcionados por el mismo colega del imputado. Cuando el detective visitó a los familiares de Perdiel, estos manifestaron haber recibido ayuda económica de un amigo, muy interesado en conocer las actividades de Perdiel, el día en que se consumó el delito. Relataron, además que la misma persona, había ofrecido dinero para facilitar la huída de José Santos, con rumbo desconocido, aunque conocido por el benefactor.

Supo también que ese mismo colega, había declarado en la policía, sobre las inclinaciones sexuales del inculpado, haciendo sospechar que era un pederasta declarado, con inclinación a la sodomía o abuso sexual contra niños. Sin embargo, cuando buscó identificar al colega, no encontró una identificación, sino varias, todas falsas; de donde coligió la existencia de un facilitador de las declaraciones y denuncias que dieron por resultado la acusación contra Perdiel.

Víctor Manuel había trabajado sigilosamente, sin hacer conocer el verdadero móvil de sus averiguaciones que, aún con la diligencia que fueron realizadas, no tuvieron el resultado esperado. No tardó en convencerse que toda la maquinación contra Perdiel, podría resolverse identificando al o a los declarantes como testigos y también al o a los denunciantes, por lo que pidió autorización para investigar en el archivo de identificaciones de propiedad del Registro Civil, cuyas oficinas colindaban con la Jefatura de Policía de Rafaela. La magnitud del trabajo de revisión de expedientes de personas de sexo masculino, con edad entre los cuarenta y cinco y cincuenta años, mantuvo al detective hasta las diez de la noche, hora que le pareció conveniente para suspender la búsqueda. Al retirarse debió cruzar un pasillo donde vertían varias otras oficinas, al llegar al centro percibió algo parecido a un ruego que le hizo detener. Escuchó atentamente y comprobó se trataba de un niño que decía repetidamente: ¡No por favor!

Golpeó la puerta de donde se escuchaban los ruegos, que terminaron súbitamente, aunque nadie atendió su llamado. Empujó la puerta y vio a un hombre sentado detrás de un escritorio frente al cual estaba sentado un niño de aproximadamente diez a doce años de edad. Ante la sorpresiva presencia del detective, ninguno de ellos pronunció palabra y motivó para que Víctor Manuel pregunte al hombre:

─Escuché el pedido del niño, ¿Podría decirme usted de qué se trata?

─De nada, sólo reconvenía a este niño que vive en la calle y que por segunda vez fue traído a la policía─, mintió sin dar lugar a que el niño diga algo. Sin satisfacerle la respuesta abandonó la estancia, pero decidió permanecer un momento fuera de la policía, escondido en una puerta de calle.

Pasados apenas unos cinco minutos salió el niño, con evidente deseo de emprender veloz carrera, pero fue atrapado por detective, al mismo tiempo que decía:

─¿Dime qué quería el policía?─, mientras el niño intentaba librarse del férreo apretón de la mano que detuvo su huída. Temeroso igual que antes, el niño tomó valor y respondió:

─Es un marica, le gustan los niños, siempre nos abusa─, y emprendió vertiginosa huída.

Más molesto que sorprendido, Víctor Manuel emprendió camino a su alojamiento que distaba pocas cuadras,

Al día siguiente continuó su revisión de expedientes de identificación, sin encontrar vestigio de existir superposición de identidades. Cuando se retiró había decido volver a Las Varillas sin haber logrado verificar algo que permitiese sustentar la plena inocencia del padrastro de su querida novia. Su viaje había sido un completo fracaso.

Ya en su destino, el joven detective informó a sus superiores sobre el fracaso de su investigación, haciendo conocer la existencia de un informante y denunciante a la vez, que posibilitó dejar sin resolver la violación y estrangulamiento de la niña Rita Escudero. En el reencuentro con Alicia se enteró que su padre estaría libre el fin de semana, por lo que el día sábado se realizaría el alegre festejo, con presencia de más de un centenar de invitados.

Desde muy temprano se produjo intenso ajetreo de personas acomodando mesa y sillas, tapetes, manteles, cristalería y vajilla en espera de Agustín del Campo, a quien acompañarían muchas autoridades de la ciudad y esperarían los familiares henchidos de satisfacción. El abogado Juan Martín Ramírez y su distinguida esposa, estaban entre los invitados más allegados. Antes de mediodía se escuchó infinidad de bocinas entremezclando toda clase de sonidos que anunciaban la llegada de la caravana de coches que acompañaban al liberado.

Ya en la puerta de la casa, María de los Ángeles acompañada por sus hijos Armando y Alicia dieron cálida bienvenida al señor de la casa y abrazado lo condujeron a una mesa especial que presidía a las muchas otras destinadas a los invitados. Antes de tomar asiento Víctor Manuel fue presentado a Agustín que le abrió los brazos para estrecharlo tiernamente. El detective azorado por la inesperada muestra de afecto, también abrazo y palmeó al recién llegado. Estando todavía con la vista por encima del hombro de Agustín, el joven reconoció a un hombre que había llegado, en lugar de honor, con la amplia comitiva.

La presencia de aquel individuo puso tensos los músculos y articulaciones de Víctor Manuel, al colmo de impedirle movimiento, mientras su cerebro empezó a procesar toda la información recogida en Rosario. No tardó más de un minuto para darse perfecta cuenta de lo sucedido. El hombre reconocido era aquel que intentaba abusar a un niño de la calle, éste era el funcionario con posibilidad de manipular identificaciones en la ciudad de Rafaela, por lo que fue imposible descubrir la identidad del informante que a la vez fungía como delator para culpar a José Santos Perdiel de la violación y estrangulamiento de Rita Escudero, facilitar la huída del presunto asesino y llegar a Las Varillas como un honesto trabajador, aunque era compañero de malandanzas del funcionario calificado de pederasta.

Más que anonadado por su terrible descubrimiento, no pudo impedir que gruesas gotas de sudor recorriesen su frente y su lengua pareciese haberse anudado, sin permitirle pronunciar palabra. Sacando fuerzas de donde no creía tener, se dirigió lentamente al encuentro del comisario Lamadrid que también fue parte del cortejo, lo tomó de un brazo y obligó a seguirle al interior de la casa. Sin pronunciar siquiera una sílaba, ambos llegaron a una sala con varios cómodos sillones, en los cuales tomaron asiento.

Víctor Manuel tragó saliva antes de dirigirse a su superior para hacerle conocer su descubrimiento. Inicialmente el comisario se resistía a creer lo que decía el detective, pero la contundencia de sus argumentos fue minando poco a poco la resistencia del policía. En menos de cinco minutos ambos funcionarios estaban completamente convencidos de haber resuelto los crímenes de dos niñas. Sin recurrir al compromiso de cumplir con su deber, ambos volvieron al amplio jardín donde la algarabía era general. Lentamente, los dos funcionarios se acercaron a la mesa principal, en la que distendidos dialogaban los asociados: Agustín y el pederasta.

Los policías se pusieron a los lados de los dos individuos, que sentados eran ajenos a lo que sucedía alrededor de ellos. Víctor Manuel, levantó el brazo pidiendo silencio a la copiosa concurrencia, los invitados creyeron se iniciarían los discursos de bienvenida y guardaron silencio. El comisario Lamadrid, también de pie y con una mano sobre el hombro de Agustín del Campo dijo con su fuerte vozarrón:

─Señor Agustín del Campo, está detenido, acusado de ser el violador y asesino de la niña Rita Escudero en la ciudad de Rafaela y de ser también violador y asesino de la niña Cristina Álvarez en esta ciudad. Desde este momento es el presunto delincuente, autor de los crímenes mencionados.

Como por parte de un sortilegio de las mil y una noches, quienes hacía un momento eran divertidos amigos del violador y asesino, dejaron de reír, se pusieron de pie y avanzaron amenazadores hasta ponerse al frente de la mesa de privilegio. Nadie pronunció palabra alguna, pero todos estaban concientes de su responsabilidad ciudadana, rechazaban con su actitud la criminal presencia del degenerado. Como derivación del supuesto sortilegio, ese mismo día se supo la recuperación inesperada del señor Perdiel, que declaró haber recibido ayuda y consejo de Agustín del Campo, cuando no la necesitaba, para huir de Rafaela y que fue visto por él mismo del Campo, el día que asesinó a su hijastra en Las Varillas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario